La pareja Urdangarin y la literatura de cordel

Hubo épocas en las que la literatura, poemas y romances, se vendía en los mercado en forma de pliegos colgados de un cordel, relatos de la vida cotidiana con emociones añadidas. Luego vino el folletín por entregas y los seriales radiofónicos o televisivos, cantaban gestas y desgracias, novelaban y también historiaban. Del romancero a los poemas de gesta o el Belmonte de Chaves, publicado en veinte semanas a razón de capítulo por semana.

La peripecia de la pareja Urdangarin-Borbón proporciona buen material para el cordel, material diario para narrativa de meses. El aliciente es que la protagonista es hija del Jefe del Estado, del rey Juan Carlos, lo cual sirve para dar a los hechos dimensión política y social. En realidad la hija del Rey es una ciudadana como cualquiera, con las limitaciones que impone la notoriedad, pero sin cobertura especialmente favorable.

Solo el Rey es persona protegida constitucionalmente, ni siquiera el príncipe, que tiene un estatus como heredero, goza de escudo especial. Las hijas del rey y el resto de la familia son ciudadanos con peculiaridad, por ejemplo un registro civil especial (que es irrelevante a efectos prácticos) o una asignación de fondos públicos a discreción del propio Rey para compensar gastos atribuidos a un papel representativo; también vigilancia y medios del Estado para garantizar la seguridad. Pero la familia del Rey es responsable de sus actos, sometida a tribunales, investigaciones y denuncias.

Que la hija del Rey ande metida en pleitos e investigaciones es notorio y da para resucitar la mejor literatura de cordel. Por eso conviene que en esas circunstancias se conjugue diligencia, con rigor. El peso de la ley, pero el tiempo necesario, como cualquier hijo de vecino con derechos. Si la hija del Rey y su marida cometen irregularidades deben ser sometidos a la justicia, que debe ser ciega ante los parentescos. Pero de eso a la instrucción larga, intensa, reiterativa y por entregas, hay mucho trecho.

El caso de la pareja Urdangarin-Borbón lleva ya varios años sometido a una investigación exhaustiva y a trozos; el juez reclama informes policiales, bancarios, testimonios… acepta que uno de los encausados aporte elementos incriminatorios a su conveniencia, por entregas; reitera peticiones de información que podían haberse concretado de primeras; da vueltas a la noria sobre los mismo terreno y no remata, no concluye; amaga y vuelve a empezar. La investigación de las finanzas y actividades de esta familia es completa, como si se tratara de una causa general, con engrandecimiento de hechos nimios, precisamente por ser vos quien sois. Aparentes privilegios que son lo contrario de lo que aparentan.

La imputación de la hija del Rey es noticia, pero no llega a acontecimiento político; afecta a personas y a sus familias, incluido el jefe del estado, pero nada más. Deducir que en este caso que la justicia está mediatizada, que el fiscal está manipulado y que el juez es un héroe, va bien para el cordel, pero carece de relevancia objetiva. Ni el juez es un gigante ni el fiscal un pringado. Pero la novela necesita emociones fuertes.

Tal y como están las cosas el juez debería acelerar, imputar, procesar a todos los afectados (por si acaso) y mandar el caso a vista oral que es donde deben sustanciarse las responsabilidades y acusaciones. La peor condena, la más injusta, puede ser la larga espera de una posible condena. La rueda de prensa del fiscal para no imputar a la hija del Rey es extravagante, y la parsimonia del juez peligrosa. Folletín agotador que deja exhaustos a todos los interesados.

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