Lo mediocre del caso Pérez de los Cobos

El Tribunal Constitucional no sale de enredos, por méritos propios o ajenos; la última etapa, con Pascual Sala al frente, tras la polémica sentencia sobre el estatuto Catalán, hubo unos meses de calma, sin refriegas partidistas, ni sentencias para la polémica. Pero con las últimas renovaciones volvieron los líos. Los dos candidatos del gobierno el magistrado Enrique López y el catedrático Trevijano, demasiado jóvenes para lo que aconseja un tribunal de esa naturaleza, cumplen los requisitos exigibles formalmente pero solo eso, ni un milímetro más, a ambos les falta cocción y recorrido; y al primero le sobra pasión partidista. Para López el Constitucional es un honor, pero no tanto para el Tribunal y ese es un matiz que el buen gobierno, cuidadoso y exigente consigo mismo y sus decisiones, debe tener muy en cuenta si quiere añadir potestad a la autoridad.

Consumado ese mal paso, llega el del presidente recién elegido, un catedrático también demasiado joven (50 años) con poco recorrido en el tribunal (fue elegido hace tres años) y perfil insuficiente para la responsabilidad a pesar de su condición de catedrático de derecho del trabajo desde hace 18 años. Francisco Pérez de los Cobos era poco conocido fuera de su ámbito profesional, e incluso en él pasaba por segundo plano, aunque en la sombra ejercía en el primero, en la oreja de los dirigentes del Partido Popular, como asesor áulico en asuntos laborales.

El nuevo presidente pasó las benévolas audiencias de confirmación sin pena ni gloria, nadie rascó en su currículum y actividad, lo cual revela que esta democracia inmadura exige poco, es de menor cuantía. Lo que se sabe ahora, de casualidad, ¿no pudo conocerse antes de su designación del año 2010 y sobre todo de la exaltación a presidente hace unos pocos meses? Si no se supo es porque nadie, ni la oposición, ni los periodistas, nos interesamos en saber, en investigar para hacer el trabajo como es debido.

Perez de los Cobos ocultó su estrecha relación con el Partido Popular como militante y como asesor. Y no hay nada irregular, reprochable o prohibido en esa relación, es un derecho, ejercicio de su libertad, que no debe empañar la designación, pero sin ocultación. También indica poco banquillo de personalidades para tan relevante puesto y poco talento por parte del designador.

Pérez de los Cobos no debe dimitir, pero tampoco había que haberle designado. No mejora el prestigio del Tribunal, todo lo contrario; y eso no refuerza y da valor al sistema y a las instituciones. El caso Pérez de los Cobos confirma la fase mediocre, de vuelo rasante, en la que está embarcada la política española, que se contagia a una sociedad desmoralizada, desconfiada y fatalista. La oposición clama contra el PP por esta elección, sin reparar que cuando ellos eligen no lo hacen mejor, utilizan los mismos resortes y simpatías. Uno de los nuestros, que para eso tenemos el poder. Y no es eso.

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