Las cuentas de Montoro y sus risas de superioridad

Cristóbal Montoro es uno de esos ministros seguros de sí mismo que fulmina con la mirada (o con esa risa suya tan peculiar) a quien le hace preguntas con fondo de reserva, duda o incredulidad. Con autoridad de superior jerárquico replicó a un diputado que el señor Bárcenas no formaba parte del Partido Popular desde el 2010 y no hay noticia de que se haya disculpado por el error. Despachó con el mayor de los desprecios al diputado que le preguntó si cobró sobresueldos del partido y resulta que así es aunque con la nominación de gastos de representación que no admitiría el más benévolo inspector de la Agencia Tributaria. En resumen que va de guay por el mundo en una época más propicia a la modestia que a la superioridad.

Con un poco de suerte pasará a la historia como el ministro de Hacienda con mayores desajustes de la historia reciente, más aun que su predecesora que dejó un récord que parecía imbatible. Va a ser el que acumuló más deuda pública en términos absolutos y relativos; el que más subió los impuestos, el que más irritó a los funcionarios, y el que conoció mayores desviaciones presupuestarias. Llegó al ministerio con un diagnóstico equivocado y discurre por esa vía desde entonces.

Lo más decepcionante es como se pavoneo de unos éxitos inexistentes. “miren la columna de recorte de gastos, grábenla en sus aparatos…”, decía esta semana como réplica airada a quienes dicen que es la subida de impuestos la que ha recortado el déficit. Macho alfa, Montoro quiere ser el campeón del ajuste. Pero los números no dan ese resultado.

Las cuentas del Estado del primer cuatrimestre cantan en crudo, como le gusta contar a Rajoy, que los ingresos alcanzan los 30.000 y los gastos los 55.000 millones de euros, y que el agujero, desequilibrio, déficit, insuficiencia (todo vale) alcanza los 25.000 millones, el 2,5% del PIB, el 70% del pretendido para todo el año.

Es cierto que las cuentas del cuatrimestre tiene sesgos que aconsejan no extrapolarlas para todo el año, es decir que son inconsistentes, que hay que estar en las entretelas para interpretarlas. Pero eso forma parte del problema de credibilidad. No es tan complicado elaborar una contabilidad más indicativa. Más adecuada para el análisis. Y de eso se quejan los acreedores y los socios. Lo mismo sirve para las cuentas de la Seguridad Social que ignoran un concepto tan elemental como la periodificación de la subvenciones del Estado y de las pagas extra, de tal manera que dan superávit en el cuatrimestre porque sobrevaloran los ingresos y minusvaloran los gastos comprometidos. En resumen, chapuzas varias que una autoridad como Montoro debería haber corregido.

Lo cierto es que las cuentas públicas van mal, más parecidas a Grecia que a Italia, que los ajustes no son efectivos y que el riesgo de insolvencia sigue siendo alto, entre otras razones porque la cuenta que no falla, el stock de deuda emitida crece como un soufflé en el horno. Al ministro se le pueden pedir menos risas arrogantes y más contabilidad rigurosa.

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