Los datos malísimos, la respuesta peor

Los datos de la EPA son malos de solemnidad, pero no debían sorprender ya que eran previsibles. Nadie que esté al tanto de las estadísticas de empleo puede sostener que hay novedades no previsibles. La EPA se limita a confirmar lo que advertían el registro mensual de afiliación a la Seguridad Social y el de las Oficinas de Empleo. Sin embargo la contundencia de las cifras introduce una alarma adicional y abrumadora. Los datos son tremendos, anómalos, indicadores de una sociedad averiada y casi fallida.

No hay un dato bueno, los globales que se resumen con la pérdida de 800.000 empleos a lo largo del 2012, son los peores de esta larga crisis, después de los de 2009 (cuando se perdieron 1,3 millones de empleos). Desde que empezó la sangría a principios del 2008 (ya van cinco años) la economía española ha perdido 3,75 millones de empleos con todo lo que significa para el consumo y para los ingresos públicos.

Los detalles de la EPA son desoladores: cae la población activa (235.000 el año 2012), al nivel del 2008; crece el paro (563.000 más) hasta cotas que carecen de precedentes en la historia y en otros países; las familias con algún ocupado apenas llegan a 12 millones de hogares de un total de 17,5 censados en la encuesta; casi dos millones de hogares tienen a todos sus miembros están en paro y en 4,5 millones de hogares todos sus integrantes son inactivos. Los 800.000 empleos desaparecidos se reparten un 30% en el sector público (que emplea al 20% de los ocupados) y el 70% en el privado.

Este trimestre se han eliminado casi 400.000 empleos estables, indefinidos y otros tantos temporales, lo cual indica un proceso crítico y crónico de destrucción de trabajo. Solo hay un dato positivo, los trabajadores independientes o empresarios sin asalariados han crecido en 22.000 durante el trimestre y en 80.000 a lo largo del año.

A ese dato debía referirse la ministra de Empleo (¡que humorada el cambio de nombre del Ministerio!) para sostener la eficacia del plan de promoción de emprendedores. Pero detrás de ese dato hay más de precarización que de creación; la mayor parte de esos “empresarios a la fuerza” son antiguos asalariados empujados o reducidos a autónomos para hacer el mismo trabajo con menor coste.

El 58% de la población que se dice activa menor de 25 años está en paro; también el 22% de los de más de 54 años. Otros dos datos trágicos que indican la magnitud del fracaso. En resumen una estadística que lleva a unas conclusiones que deberían encender todas las luces rojas del riesgo de quiebra social y de fracaso de una sociedad.

Pero hay algo peor: la respuesta del Gobierno. El presidente calla, la vicepresidenta también; los ministros copias. Dos secretarios de estado han salido a dar unas explicaciones que avergüenzan a sus amigos y familiares más cercanos y entusiastas. La argumentación es más penosa, tan pobre que invita a la ira o al llanto, en cualquier caso a la desesperanza. Con esta tropa ni siquiera salimos del cuartel. Con estos datos hablar de una inminente recuperación con ganas de provocar.

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