Pensiones y patriotismo

Un patriota es “una persona que tiene amor a su patria y procura todo su bien”, eso dice el diccionario y dice bien; y el patriotismo es un sentimiento que implica una conducta. Los sentimientos son complejos de razonar y más aun de medir. Por eso es difícil precisar el peso, volumen e intensidad del patriotismo. Como es emocional no es fácil de cultivar y sustentar. Para quien aprecia la libertad una patria que la garantice es querida; para quien espera seguridad o prosperidad o igualdad… otro tanto; y así sucesivamente con las distintas prioridades personales.

Para los alemanes de postguerra (y no solo para ellos) Jurgen Habermas propuso el “patriotismo constitucional” que permitía superar los extravíos del pasado. Un concepto que en la España democrática algunos han utilizado con insuficiente acogida, que es decreciente en estos tiempos turbulentos donde hay quien sostiene que España pueda llegar a ser un país fallido, incapaz de satisfacer las aspiraciones de sus ciudadanos.

La historia de la Transición y la posterior democracia constitucional ofrecen libertad y prosperidad como nunca antes en la historia de España. Hay datos que lo avalan. El sentimiento patriótico se ilumina con la libertad, la seguridad y la prosperidad. Uno siente orgullo de la patria que se preocupa de esos valores, que los defiende y acrecienta. Es difícil ser patriota de un pueblo que no progresa y que reparte pobreza y desesperanza.

En la sociedad española hay dos debates que tienen bastante que ver con esos sentimientos: el de la sanidad y el de las pensiones; todo lo que tiene que ver con la sostenibilidad de los sistemas de salud y de pensiones (sin entrar en detalles sobre el modo de provisión y financiación) es fundamental, afecta a la seguridad, a la confianza, al corazón social y por tanto al patriotismo.

El debate sobre pensiones no admite bromas, acertijos o señuelos; andar amagando con cambios, ajustes, recortes en pensiones es jugar con fuego que afecta al patriotismo. Lo que se vaya a hacer en pensiones, hay que explicarlo muy bien y con detalle. Además no es complicado; casi todo el mundo sabe lo que está en juego y conoce sus expectativas y temores. Los datos básicos son conocidos, la letra menuda es más complicada y sufre por una casuística afectada por el egoísmo y la comparación.

El sistema español de pensiones es eficiente, funciona bien, se ha construido en poco tiempo; tiene debilidades y puede llegar a fracasar si quienes lo gestionan equivocan el diagnóstico y el tratamiento. Los últimos veinte meses el sistema presenta déficit que puede alargarse en el tiempo, al menos todo este año y el próximo; hasta que el empleo y los cotizantes no alcancen la cota de antes de la actual crisis. El fondo de reserva acumulado durante los nueve primeros años de este siglo sirvió para completar las necesidades del 2012 (aportó siete mil millones de euros) y servirá para el 2013 (una cantidad superior). Pero no da para siempre, llegó a cumular 70.000 millones y restan 63.000.

Los ajustes aprobados el año 2011 y hace una semanas, que han entrado en vigor este año, con retraso gradual de la jubilación hasta los 67 años, ampliación del período de cómputo y regulación de la prejubilación forzosa o voluntaria, amplían los márgenes del sistema y su viabilidad. Pero esta es materia delicada que no admite estrategias de miedo, que pueden tener consecuencias no previstas y desastrosas. Un patria que perjudica los derechos de salud y de pensiones está amenazada de desafecto y de fracaso.

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