El Rey vuelve a la disciplina de la agenda

La Zarzuela no debe ser la jaula de oro que aparenta; una casona importante en un paraje extraordinario, la mejor finca de Madrid, pero con muchos pesares alrededor. El Rey, que es más activista que reflexivo, ha debido pasar estas semanas de convalecencia con sensación de enjaulamiento físico, y con cierto sentimiento de vacío emocional e institucional. Su reputación está en los niveles más bajos desde que se hacen encuestas; y lo sabe; como sabe que se lo ha ganado por méritos propios aunque también hay contribuyentes por activa y por pasiva; incluidas gentes cercanas que han incumplido deberes de advertencia y prevención. Dicen que el Rey no está en edad de obedecer y hacer caso, que ninguno de los que le rodean o a los que escucha, tiene rango para poner límites, incluidos los presidentes de Gobierno a los que compete una tutela inteligente y efectiva del Jefe del Estado.

Le ha cambiado la cara comentan los que le tratan. La operación ha eliminado unos dolores que afectaban al carácter, como bien saben aquellos cuyas vértebras han pasado por un trace semejante. Sin dolores, aliviado, con una recuperación efectiva, el Rey ha abierto de nuevo la agenda oficial con la visita de Pepe Caballero (José Manuel Caballero Bonald) un hombre bueno y libre, premio Cervantes de este año con todos los merecimientos.

El Rey recibió a Caballero con un “está usted mejor que yo”. Entre ambos hay once años de diferencia (el Rey es de primeros de 1938 y el premio Cervantes 2012 de finales del 1926), que aconsejaron al Rey evitar esa mala costumbre de tutear a todo el mundo que, sin reciprocidad, y que lleva a los demás a utilizar las formas más variadas, desde el arcaico “majestad” al ambiguo “señor” pasando por el más propio “de usted con respeto”. A Pepe Caballero no le hubiera importado que le trataran de tú en la Zarzuela, pero sospecho que estará más cómodo con ese “de usted” con el que le recibió D. Juan Carlos.

Formé parte del jurado que premió a Caballero; los candidatos eran numerosos y algunos con indudables méritos; no desvelo ningún secreto al recordar que Juan Goytisolo y Martín de Riquer estaban entre los más destacados de una lista de dos docenas de personas nominadas por las instituciones que pueden promover candidatos. El proceso de selección fue sistemático y razonado, bien dirigido por Darío Villanueva que actuó con inteligencia y mesura. Nadie se empeñó en alguno de los candidatos tras los descartes iniciales que acotaban las posibilidades.

Y en la recta final los merecimientos y la oportunidad de Caballero Bonald se impusieron con naturalidad, incluso entre quienes destacaron los méritos de otros. Creo que nadie ha criticado este año la elección. Acierta el Rey al reanudar la agenda oficial con una charla con Caballero que, me dicen, ha sido franca y a “calzón quitado”. Seguramente el Rey necesita varias charlas de ese tipo para recuperar la brújula que tan bien le ha guiado durante varias décadas y que ahora necesita ajustes. Pepe Caballero sabe de navegaciones y de algunas negaciones que esas que acreditan las bajas pasiones de sus protagonistas. Ayer en el almuerzo en el Palacio de Oriente, que presidió el Príncipe Felipe, dominaban los académicos de la Española que evitaron invitar a Pepe Caballero a ocupar un asiento de una letra para la que le sobran méritos. Ellos se lo perdieron.

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