Bankia, Catalunyabanc y la CAM, tres casos diferentes

La crisis bancaria española (crisis de cajas), que era leve o apenas iba a costar unos euros, lleva ya 90.000 millones de euros entre lo gastado, lo invertido y lo comprometido. Una crisis con cuatro años de gestación desde el primer acto que tuvo a la caja de Castilla La Mancha como actor principal. Aquel desaguisado se arregló con un acuerdo de un consejo de ministros de urgencia (la tarde de un domingo) y cuatro mil millones del Fondo de Garantía de Depósitos (FGD) aportados y por aportar, de los cuales se recuperará entre poco y nada. La Caja de Asturias se hizo cargo de la quebrada y garantizó los depósitos, que no es poco.

El siguiente desastre fue la caja cordobesa de los canónigos de su Catedral (Cajasur) que requirió unos cientos de millones de euros del FROB (el instrumento creado por el Banco de España para suplir al agotado FGD) y la determinación de las saneadas cajas vacas para comprar la caja cordobesa que les otorgaba presencia en Andalucía.

Del mismo modelo, entidades quebradas, saneadas y adjudicadas a otra entidad, forman parte la caja alicantina (CAM), las tres cajas catalanas agrupadas en UNIM y el Banco de Valencia, tres casos críticos que bien merecieron una liquidación, sostenidos con más de 20.000, 5.000 y 10.000 millones de euros, respectivamente, que animaron al Banco Sabadell, BBVA y Caixa a fusionar las tres organizaciones para ampliar cuota de mercado en el Mediterráneo (Cataluña y Valencia).

Este paquete de crisis significa casi la mitad de los recursos, aportados por el propio sector y el Estado, para evitar una quiebra financiera de consecuencias imprevisibles si hubieran afectado a los depositantes. Asunto zanjado al margen de las responsabilidades judiciales en curso.

Un segundo paquete se llama Bankia, que tiene una lógica propia por su tamaño, ya que supone casi un tercio de los activos comprometidos en la crisis. Bankia son siete cajas: la de Madrid (que pesa más de la mitad del balance agregado) la valenciana (un tercio) y cinco cajas pequeñas de Castilla, Canarias y Rioja. Bankia ha pasado por cirugía mayor y acaba de entrar en fase de convalecencia y recuperación. Por el camino ha perdido sus cuadros directivos (procesados), ha arruinado a sus accionistas (350.000) y se ha convertido en una nueva entidad sin activos malos, con nueva gestión, con 22.000 millones de euros frescos para compensar unas pérdidas reconocidas equivalentes y con voluntad de volver al mercado y devolver buena parte de las ayudas. Bankia es un caso singular y crítico, su presidente, un banquero profesional, asume que este año puede volver a obtener beneficios y recuperar valor para el accionista (el Estado) antes de tres años. Que así sea por bien de todos. Seguramente es el único caso del que puede esperarse recuperación de una parte de los recursos públicos comprometidos.

Queda el tercer paquete con las cajas gallegas y catalanas como protagonistas, que se llevarán más de 20.000 millones de euros de la cuenta de saneamientos cuya recuperación es muy improbable. Catalunyabanc, suma de tres cajas catalanas, es un caso tan lamentable como la CAM, está en fase de adjudicación a otra entidad pero carece de atractivo y necesita más ayudas para evitar un desastre mayor que pudiera afectar a los depositantes. Lo mismo vale para las cajas gallegas, por más que el presidente Feijóo, afectado por emociones de aldea, trate de dar valor sin poner dinero.

El cuarto paquete lo forman las cuatro consorcios de cajas del llamando grupo 2, dos en fase de integración en cajas sanas (Unicaja e Ibercaja) con su paquete de ayudas para facilitarlo (del orden de 1.500 millones de euros de improbable recuperación); y las otras tratando de recomponer sus balances con ayudas públicas que se pueden recuperar con el paso del tiempo.

En resumen, una crisis sin precedentes que se va a llevar casi cien mil millones de ayudas con recuperación incierta y parcial. Muy mal gestionada por el Gobierno anterior (incluido el Banco de España) y que el Gobierno actual minusvaloró hace un año. Una crisis que tiene aun miserias por aflorar, que no ha tocado fondo y que puede agudizarse en ausencia de crecimiento y recuperación de la economía.