Debate previsible y de trámite

Rajoy y Rubalcaba acumulan muchos años de política profesional, vidas casi paralelas con intensa dedicación a sus respectivos partidos desde principios de los años ochenta, con cargos orgánicos; dedicación al gobierno durante siete años con varios ministerios (hasta cuatro per cápita) y la vicepresidencia; y dedicación al parlamento con más de veinte años de ejercicio parlamentario en primera fila. En resumen almas gemelas en demasiadas cosas. No es probable que puedan sorprender al personal, sus trayectorias son conocidas y su estilo también.

El debate de ayer discurrió por los caminos previsibles, ninguna sorpresa; se zurraron de lo lindo, pero sin daños. Pasaron el trámite y no es probable que las resoluciones que se aprueben hoy pasen del carácter de trámite no relevante. Si alguien esperaba que este debate diera pie a un cambio de rumbo, a una renovación (al menos a intentarlo) puede seguir esperando.

Es cierto que Rubalcaba propuso negociar una reforma constitucional y una buena lista del catálogo reformista pendiente, pasando por la Ley Electoral, la de Partidos etc., pero las probabilidades de que le aceptaran el envite son ninguna y él lo sabía. El ejercicio retórico y la liturgia del debate ha sido la habitual; quién haya ganado o perdido el debate es irrelevante, lo que cuenta son las consecuencias del debate, que son ninguna.

En este tipo de ejercicios dialécticos lo que diga la oposición es a humo de pajas, aire. Lo que cuenta es lo que diga el Gobierno, especialmente si cuenta con mayoría absoluta. Rajoy llegó al Congreso fuerte, decidido a leer bien entonado y con unos decibelios por encima de lo habitual un discurso largo y con muchos enunciados y proyectos, la mayor parte conocidos. Tiró de catálogo y de fichas y los amanuenses le rellenaron todas las casillas, incluidos algunos eslóganes ingeniosos premeditados. Y como arma de defensa echar en cara los errores del adversario y lo que no hicieron cuando ocuparon el Gobierno.

Sobre la corrupción rampante hubo algunas propuestas y nada más, ningún reconocimiento, ninguna disculpa, ninguna explicación. El Gobierno lo hace todo bien; Rajoy no ha encontrado ningún error propio y el arrinconamiento del programa electoral se justifica como una exigencia del deber. Usted se reinventa, le espetó Rubalcaba a Rajoy. Pues usted es siempre el mismo, replicó Rajoy.

Las propuestas reformistas dan pinta de humo; sobre la ley de Transparencia giran muchas expectativas pero la redacción actual es decepcionante y los retoques previstos la mejoran poco. La sensación que trasmite Rajoy es la habitual: ya escampará. Son profesionales con pasión por durar.

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