El debate del déficit, esfuerzos inútiles

El Gobierno apostó la credibilidad de su estrategia económica al ajuste del déficit, a un guarismo convertido en referencia del desempeño. En buena medida la presión de los socios del euro empujaba en esa dirección, pero también empujaba un cierto sesgo doctrinal contra el gasto público, al menos en las declaraciones. Las intervenciones del presidente y de sus ministros (Economía, Hacienda y el de Industria que se apunta en cuanto ve un micrófono) empezaban y terminaban con el compromiso de déficit. Acabó el año y llega el momento de cerrar cuentas y dar explicaciones.

Desde Bruselas dicen que España no conseguirá el objetivo de déficit, que hay desviaciones imprevistas (seguridad social, autonomías…) sin dramatismo. Los demás países también tienen problemas con las previsiones; además estamos en fase de revisión de estrategias y objetivos.

Sin embargo los ministros españoles se aferran al objetivo y anticipan datos menos malos de los esperados, por ejemplo que el PIB caerá el 1,3 y no el 1,7 esperado. Sospecho que las primeras cifras de déficit no van a ser las últimas, que entre unas y otras tendremos diferencias apreciables. Dicen que el déficit no alcanzará el 7%, que puede considerarse como ajustado al objetivo previsto, a falta de unas décimas. Pero los servicios de predicción estiman que al final será del 8% y con las cuentas del saneamiento bancario, eléctrico etc. Puede llegar al 9%.

No es sencillo ajustar el déficit en una economía en recesión; el mejor camino al ajuste es trabajar para el crecimiento. Pero ese no es el discurso oficial. Eso no so significa dejar de ajustar gasto, pero si hacerlo donde sobra y no daña. El gobierno ha tocado zonas sensibles al ciudadano como suprimir la paga extra de los funcionarios(deficientemente instrumentada) y la actualización de las pensiones (que también puede tropezar en los tribunales) pero no consigue articular una reforma del sector público para eliminar todo lo redundante, lo inútil o lo ineficaz.

Demasiados decretos, con largo articulado, pero pocas decisiones trascedentes. Y un gran déficit pedagógico, fracaso en el relato, en la explicación de las razones para tomar las decisiones. Montar ahora un debate sobre el cumplimiento del objetivo del déficit no lleva a ningún lado. Los números se pueden torturar, retorcer, aplazar, pero con eso no cambian las expectativas, quizá solo se debilita la credibilidad. Están atrapados por la propaganda y los argumentarios, seducidos por los titulares, pero sin eficacia para reformar y para convencer. Los esfuerzos inútiles producen melancolía, desánimo; cuando nos digan que el ajuste ha sido insuficiente, crecerá la decepción.

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