Artur Mas, una gran estratega de avería

Hace unas pocas horas el sucesor designado por Jordi Pujol para encabezar Convergencia parecía un gran estratega político, hábil para leer la voluntad de los ciudadanos y decidido para buscar una mayoría absoluta y abrir la puerta al sueño inconfesado de sus colegas, el estado propio. Pues del estratega queda poco, más bien una avería.

El desempeño de Mas es deficiente para Convergencia: perdió el gobierno en dos ocasiones (2003 y 2006) pese a ser el partido más votado. La primera vez se durmió, esperó que el gobierno le viniera rodado y entretanto le montaron un tripartito para dejó a Convergencia en la inopia. Aguantó siete años en la oposición para ganar con mayoría insuficiente (sustentado por el PP) y precipitar ahora unas elecciones innecesarias a los dos años con la bandera del soberanismo y el objetivo de recuperar las mayorías absolutas de las que disfrutó Pujol en 1984, 1088 y 1992. Objetivo fallido y por mucho. La pifiada de Mas es histórica.

La mayoría absoluta se ha quedado en una minoría precaria que conduce a Convergencia a entregarse a ERC, el partido para el que ha trabajado intensamente estos últimos meses el señor Mas. La habilidad de Pujol fue construir un partido transversal, nacionalista contenido, de centro amplio, un poco católico, un poco socialdemócrata, bastante burgués, capaz de pactar con casi todos los demás menos con los extremos. Un partido tranquilizador. La torpeza de Mas puede dinamitar la obra de Pujol, no es tranquilizador.

El ganador de estas elecciones es ERC que repite los resultados del 2003 y 2006 que les llevaron a los dos gobiernos tripartidos indigestos para los socialistas y también para Cataluña. Un ganador evidente por los resultados, pero que no alcanza el 14% de los votos, sin capacidad para encabezar nada, aunque si para influir.

Los catalanes han votado como nadie había previsto. Las encuestas salen abrasadas, no han captado el pensamiento de fondo de los electores que han tenido vértigo ante la propuesta de Mas. Estos no son tiempos para aventuras. Para Convergencia se abre una etapa de reflexión que no resolverá en unas horas. Puede gobernar con ERC, pero también con el PSC, que sigue siendo el segundo partido catalán en votos (14,6%) aunque probablemente con un escaño menos que ERC, su peor resultado de la historia.

Llamar a ERC para gobernar, algo que Convergencia no ha hecho nunca porque son partidos secantes, tiene riesgos evidentes, la agenda la marcaría el socio menor. Gobernar con los socialistas ha sido un sueño incumplido por Convergencia, que en estos momentos parece inverosímil, al menos mientras Mas esté al frente. Pero el tiempo pasa y cicatriza, porque este Mas fue protagonista de un hecho insólito, un acta notarial (año 2003) preelectoral comprometiéndose a no pactar con el PP. Un gesto para la galería pero demasiado oportunista, indicativo de un personaje menor. Al poco CiU pactó con el PP en Madrid y en Barcelona siempre que les convido a ambos. De manera que algo semejante puede ocurrir con el PSC, aunque es menos probable a corto plazo y con Mas al frente.

El voto catalán deja las espadas en alto, los problemas de fondo siguen abiertos en carne viva; la gobernabilidad en Cataluña se vuelve más complicada que nunca. Mas debería dimitir, ha fracasado; pero no va a hacerlo. Lo más probable es que doble la apuesta, que pacte con ERC y abra una nueva fase en su partido y en la coalición con la que ha concurrido a las elecciones hasta ahora. Para Unió y Durán Lleida se abren también incertidumbres imprevistas.

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