El PSOE pierde el 40% de sus votantes

Los datos de las elecciones de ayer acreditan que 337.000 votantes socialistas esta vez se han quedado en casa o han votado otras opciones; frente a los 842.000 votos obtenidos en las vascas y gallegas anteriores ayer lo hicieron 505.000. Cuando se pueda analizar en detalle el trasvase de votos lo más probable es que la abstención sea la opción preferente de los que han dado la espalda a los socialistas, especialmente en el País Vasco. Respecto al casi gallego, depende la debacle es colosal (de medio millón de votantes a menos de 300.000) es probable que hasta un tercio de los viejos votantes socialistas hayan votado galleguismo.

El dato más relevante de las elecciones de ayer es el reconocimiento de la crisis profunda del partido que durante una década encabezó Rodríguez Zapatero y que ahora administra Rubalcaba sin resultados apreciables. Para los socialistas, que volverán a registrar otro desastre en Cataluña, se abre un nuevo período de reconversión, alejados del ejercicio del poder y aislados en el gobierno andaluz. A su favor solo tienen el factor tiempo, dos años, hasta el 2014, sin elecciones a la vista, que habilitan una renovación (pueden mirar a los socialdemócratas alemanes o los laboristas británicos) y un camino a la italiana, incluso con disolución del partido. Otro dato que confirmaría la tesis de que el pacto de la transición y la fase que abrió con la Constitución de 1978 está agotado.

Aparentemente el PP de Rajoy ha conseguido un éxito electoral al ratificar con holgura el gobierno gallego y mantener posiciones en el país vasco. Pero no se puede perder de vista que si los socialistas perdieron un tercio de millón de votos (40%) los populares perdieron 154.000 (140.000 en Galicia) que suponen el 17%. La traducción aritmética a escaños y poder política favorece a los populares y a su actual jefe, pero no oculta el desgaste, que afecta también al pacto constitucional. Y los resultados catalanes (faltan cinco semanas para las urnas) van en la misma dirección.

De manera que a la evidente e incierta crisis económica para la que no se aprecia punto final, se añade una crisis política, institucional, que requiere otro marco de ideas y de liderazgos, que, por ahora, no se atisba en el horizonte próximo.

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