La investigación del Congreso, excusas mil

La Comisión del Congreso para investigar el caso Bankia ha brillado, fundamentalmente, por sus carencias. Ha demostrado que el formato es irrelevante, una burda copia de ínfima calidad de lo que debe ser una Comisión de Investigación que se precie. Investigar, investigar solo estuvo en el nombre, nada más. Se han oído monólogos sucesivos de los invitados y de los representantes parlamentarios con tiempos tasados y nulas consecuencias. En realidad no sirve de nada.

No obstante ha permitido escenificar uno de los males de la patria, la irresponsabilidad y cara dura de una buena parte de la “clase dirigente”. Escuchados todos los comparecientes hay que pedir máxima condecoración para todos ellos por su trabajo, su generosidad y abnegación, su entrega, su talento, su brillantez y su honradez. Todos ellos han justificado su gestión, sus decisiones, y han exhibido una autoestima a prueba de tormentas. Siempre fueron otros los responsables de los desastres que han protagonizado cada uno de ellos, desde el exgobernador y a los tres anteriores vicepresidentes del Gobierno que desfilaron por el congreso.

Para lo que ha servido la Comisión es para conocer mejor a esta gente; escuchados sus argumentos se entiende mejor lo que nos ocurre, dirigidos por esta tropa, que las cosas vayan tan mal en el país, tiene bastante sentido.

Lo más evidente ha sido la arrogancia de algunos, las ganas de protegerse, de no querer entender que hay errores de juicio que merecen reconocimiento, aunque solo sea para no repetir.

Todos los hicieron bien y los errores, tan evidentes, son responsabilidad de sus antecesores o de sus continuadores. En resumen gentes que merecen poco respeto porque han perdido el juicio. Y desde ese punto de vista conviene que estas sesiones se repitan, no sirven, fortalecen el pesimismo, pero permiten conocer al personal. Las intervenciones de la mayor parte de los diputados y diputadas fueron de lo más juicioso, preguntaron lo que debían, pero obtuvieron pocas respuestas porque los invitados solo querían salvar la cara. El formato no ayuda, pero queda en evidencia su inutilidad.

El problema de España no son las autonomías, la deuda… sino una partitocracia corrompida, instalada, insensible y que solo quiere durar. Las declaraciones que cada día escalan de oficio a los telediarios suelen ser naderías, palabras huecas y medias verdades.

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