El PP decide viajar solo

Están en su derecho, además les sobran unos cuantos escaños para hacerlo, tanto en el Congreso como en el Senado. Y tienen tiempo, más de tres años hasta agotar la legislatura. El PP y Rajoy han decidido viajar solos con las medidas económicas que recomiendan los socios para seguir en el euro y las que parecen oportunas al equipo del presidente. Hasta ahora el viaje no ha dado resultados favorables, pero el final está por ver.

La sesión de pleno del Congreso con seis horas de monólogos sucesivos de los grupos parlamentarios sirvió solo como aperitivo inútil de una votación resuelta con 180 votos a favor de los dos decretos ley que el Gobierno envió a la cámara para su convalidación. Ningún cambio salvo esas correcciones de errores que suelen acompañar decretos complejos y apresurados.

El presidente no acompañó a su ministro de Hacienda a la hora de defender el Decreto Ley, probablemente porque se trataba de un trámite que no merecía más dedicación. Al presidente el Parlamento le incomoda, a pesar de que se desenvuelve bien en ese escenario. En esta ocasión con votar bastaba. Los grupos dieron de palos al Decreto, con más o menos acierto y pasión y votaron en contra o se ausentaron de la sala.

En resumen el Decreto Ley del ajuste fiscal más exigente de la democracia se despachó con media jornada parlamentaria sin dejar rastro político: el debate se traslada a la calle a las manifestaciones de protesta que apenas tienen consecuencias, más allá de la exhibición del cabreo.

¿Es posible la travesía para salir de esta crisis exclusivamente con los votos de la mayoría popular? Posible es, pero no es probable que salga bien. La cuestión ahora no es tanto alcanzar un consenso de buena parta del arco parlamentario, cuando lograr ese consenso con los gobiernos autonómicos, que son responsables de algo más de la mitad del gasto público. El PP cuenta con mayoría, once de los 17 gobiernos (más Ceuta y Melilla) que suponen más del 50% de la población y del PIB.

Sumar las otras seis autonomías, socialistas y nacionalistas, supondría un éxito político y una baza para ganar credibilidad ante a los acreedores y sostener que España no es un país semifallido. Acreditaría que hay nervadura institucional y que los grandes protagonistas del gasto (las autonomías) están por la labor de contener, consolidar y ajustar los Presupuestos. Pero eso supone trabajo político, persuasión, algunas concesiones… tareas todas ellas que el PP solo aborda cuando necesita sumar votos. Lo hizo Aznar durante su primera legislatura, la mejor, pero se le olvidó en la segunda, cuando no necesitaba los votos. Un error que mandó al PP a la oposición.

A Rajoy se le atribuye más capacidad para negociar, para pactar, que a Aznar, pero no ha hecho el menor esfuerzo para llegar a acuerdos. Su argumento es que no tiene alternativa, que hace lo que le imponen las circunstancias. Probablemente es el peor argumento porque invita a la desesperación. Eso sí, es cómodo.

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