Estado de desolación

El Gobierno ha puesto todo sobre la mesa con el argumento de que no hay alternativa. Y no es suficiente. Ni ha convencido a los mercados y a los socios del euro, ni tampoco a la sociedad española que no sale de su asombro ante la avalancha de malas noticias, inmediatas y mediatas, que le están cayendo encima.

Rajoy desgranó en el Congreso, como un contable (registrador de la propiedad) las medidas inevitables que su Gobierno pensaba aprobar tres días después. Pespunteó el paquete que el viernes desarrollaron sus ministros en la conferencia de prensa habitual tras los consejos de ministros. Pero hasta la lectura del BOE del sábado con ese decreto ley 20/2012 de 91 densas páginas no hemos conocido los detalles concretos que exigen a España quienes están en condiciones de hacerlo.

Fernando Onega en su artículo del sábado “Avería en el sensor social” concluía con una frase elocuente: “… este Gobierno sigue sin ofrecer un solo estímulo al crecimiento, se entenderá mejor el ESTADO DE DESOLACIÓN en que se encuentra el país”. Desolación, me parece la definición más acertado del estado de la sociedad española, desolación que va más allá de decepción o de irritación; porque hay decepción entre muchos votantes del PP (y del PSOE), hay irritación entre los millones de perjudicados por estas medidas pero sobre todo hay desolación, que describía el historiador Santos Julia en su dominical que publica El País.

Las medidas tiene explicación una a una, deberían haberse adoptado mucho antes, el año 2009 cuando el déficit público se fue a la estratosfera de un 12% del PIB y el déficit privado era aun más amenazante. Pero lo peor no son las medidas en si, sino la actitud del Gobierno al adoptarlas. La actitud y también su aptitud para ponerlas en práctica y alcanzar los objetivos. Este Gobierno está agotado sin haber llegado al mes siete de mandato, no es capaz de liderar ni de ilusionar, que son condiciones previas para el acierto.

El argumento de que estas son medidas inevitables, que son las que nos mandan, que no son las que les gustaría a los gobernantes… es infantil, propio de un derrotado, de un incapaz o de un mandado que ejecuta las instrucciones del dueño que vive lejos. La sensación de que España es el cortijo de la Europa central que manda en el euro es insoportable para una sociedad que durante los últimos cincuenta años ha protagonizado la historia de éxito más importante de Europa.

El problema del Gobierno actual (del anterior mejor no hablar) es que hizo un diagnóstico equivocado en la campaña electoral, y volvió a equivocarse cuando tomó posesión en diciembre, reincidió en el error la pasada primavera cuando presentó, con mucho retraso, el Presupuestos 2012 y se estrelló con la realidad en junio, enredado en un debate inútil, falso, a cuenta del rescate financiero, que no solo era rescate forzoso sino además intervención exigente de Bruselas.

Demasiados errores que concluyen ahora con un paquete de medidas tan duras como insuficientes. Rajoy tiene todo el poder para tomar decisiones con más autonomía que la que se atribuye. Puede contar con buena parte de la oposición y tal y como están las cosas debería aprovechar las ofertas. Pero sobre todo tiene que asumir un proyecto, si carece de él (nunca fue visionario, ni propuso algo sugestivo) puede buscarlo, hay gentes en España con ideas, la mayoría al margen de los aparatos políticos partidistas. Pero debe darse prisa porque corremos el riesgo de un fracaso histórico, de esos que justifican el mito del pesimismo español.

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