Madrid y Barcelona en el error

Entre Madrid y Cataluña (o Barcelona, aunque no es lo mismo) crece una tensión emocional que va más allá de la rivalidad futbolística sublimada en personajes tan singulares como Messi/Cristiano, Mouriño/Guardiola. De estos cuatro personajes tres son intercambiables, están donde están pero podían estar al otro lado, el azar de un contrato les ha puesto donde están y sus gestos de amor a la camiseta serán sinceros, pero también intercambiables en función el contrato mercantil. Pero la cuestión va más allá del fútbol, y estos días se nota en los medios de ambas plazas (evito cualquier otro término con carga política) una fascinación crítica y de rechazo de unos a otros.

En “La Vanguardia” el billete del director en la página 2 titulado “El error Aguirre” valora el comentario de la presidenta madrileña acerca de la final de la Copa del Rey. Cada cual puede dar la importancia que quiera a esos comentarios, pero elevarlo a categoría para el debate político me parece que es tirar muy alto. En la misma edición Juliana, el comentarista más audaz e interesante del diario barcelonés (al margen de Gregorio Morán que cada sábado sorprende con su “intempestiva”) interpreta eso que llaman Madrid en clave Puerta del Sol y entorno.

No le falta razón, pero en la Puerta del Sol acampan los indignados y tiene su cuartel general Esperanza Aguirre. Ambas realidades forman parte del paisaje, pero ninguna de ellas representa suficientemente eso que llamamos Madrid y que nadie es capaz de definir, porque Madrid es poco y es mucho, villa, corte, pero un pedazo de ciudad donde pasan muchas cosas, descontroladas, no relacionadas; un mercado grande, abierto, móvil, pero con déficit de identidad (ni falta que hace).

La crisis de Bankia produce inquietud emocionada en Barcelona, más incluso que en Madrid, pero no es para tanto, en el pozo madrileño Caja Madrid no es decisiva. Y puestos a sumar, la crisis de las cajas catalanas (las otras nueve al margen de La Caixa) es tan importante como la de Caja Madrid, aunque en dosis. El maquillaje contable madrileño, aflorado este mes, deja las cuentas de la Comunidad entre las menos comprometidas de España, tanto por deuda como por déficit. Además, si tuviera sentido argumentar con el mazo de las balanzas fiscales el argumento madrileño es tan consistente como el catalán, puestos a pactos fiscales, son varios los que pueden reclamarlo por propio interés.

Madrid, que era un villorrio imposible a la orilla de un río irrelevante, donde ni siquiera había catedral, se ha convertido en una de las capitales más llamativas de Europa, abierta y sin complejos. Barcelona es una ciudad admirada desde hace tiempo, mejoró con los Juegos, con el Barça y con el puerto y suma activos históricos, turísticos, educativos… como pocas ciudades europeas. La competencia entre las dos capitales puede ser rentable, no lo es la envidia y la antipatía recíprocas.

Me llama la atención lo ácida y gratuita que es la crítica en los medios de cada ciudad hacia la otra, destemplada muchas veces, poco fundada, inútil y que busca más emocionar a sus respectivas parroquias que ayudar a conocer y entender a los demás. Los intentos de tender puentes han fallado, la distancia crece y la incomprensión también, en perjuicio de ambas comunidades y beneficio de nadie. Los diarios de ambas capitales ahondan los frentes y la distancia con poco respeto a la verdad y a la inteligencia. Otra disfunción que añadir a las actuales tribulaciones.