Impuestos equitativos ¿un oxímoron?

Al ministro de Hacienda le toca la ingrata tarea de pinchar globos, pisar tierra y prometer nada, pero vendiendo futuro por fabricar; algo así como el papel del acompañante de los Cesares victoriosos que reiteraba al oído de los vitoreados, “recuerda que eres mortal”. En resumen, le toca hacer de aguafiestas en el seno del gobierno y ante los ciudadanos. Para lo cual necesita gozar de credibilidad, merecerla. En estos momentos no es una tarea imprevisible ya que el personal no está para fiestas, hay conciencia generalizada de que las cosas van mal y pueden ir a peor. Lo mejor de este año es que el siguiente puede ser peor.

Ese sentimiento pesimista, fatalista, forma parte del problema, ya que mientras ese sea el estado de ánimo de la ciudadanía no saldremos de la recesión. Al ministro y sobre todo a su jefe, les toca sembrar confianza, decir la verdad y que los demás perciban que lo es y que están al cargo. El discurso, el relato de los que han asumido la responsabilidad de gobernar es decisivo, forma parte de la solución. Un discurso que no puede circular solo por el cauce de endosar responsabilidades a terceros, sino por el de articular soluciones y alternativas. Más aun, la gravedad creciente del problema requiere que el recorrido de salida del laberinto sea compartido por los otros partidos con influencia en una buena parte del electorado y capacidad para generar expectativas.

Si en otoño de 1977 el presidente Suárez llamó a capítulo a los demás políticos para consensuar los que fueron “pactos de la Moncloa”, ahora sería muy deseable algo parecido. Hay consenso para abordar (con tibieza) problemas financieros, ante esa asignatura la estrategia partidista decae para lo molestar. Pero no cuando se tratan asuntos más importantes como es ajustar las cuentas públicas y pagar por el agua derramada.

El ministro tiene que gastar menos que el año pasado; las cifras son escurridizas porque casi todas son variables, empezando por los ingresos, muy afectada por la recesión. Lo único cierto es que van a ser menos, aun con subidas de impuestos como la ya acordada de IRPF y algunos especiales al consumo. Más impuestos para recaudar menos. Y consiguientemente para gastar mucho menos.

El ministro alude a “impuestos equitativos”, lo cual es un disimulo, una forma de huir o enmascarar una realidad incómoda. Así despierta mas recelo que adhesión, porque el ministro debería ir mucho más por derecho y construir un discurso más exigente acerca del ahorro y del recorte. Al club de los críticos del recorte habría que encomendarles cuadrar las cuentas; el toreo de salón genera mucho valiente, porque bajar al albero y torear de veras exige cierto valor.

Estos no son tiempos para la palabrería y la retórica vacía. Impuestos equitativos es un circunloquio para huir de la verdad, impuestos son impuestos, coactivos, irritantes, casi nunca equitativos aunque sean progresivos, generalizados e inevitables. No hay impuesto bueno y justo en sí mismo; siempre supone una coacción. Por eso no conviene disimular, lo útil es explicar su utilidad, su necesidad.

El discurso del ajuste nace del desajuste, de haber gastado por encima de las posibilidades, que es el caso de España, como lo era de Grecia. El gobierno ha tomado decisiones inevitables, más bravas que las del gobierno anterior, pero no ha recorrido ni la mitad del camino hacia la normalización. Faltan explicaciones menos amables, menos retóricas.

La prima de riesgo es peor que la italiana, lo cual deja a España en la primera línea de riesgo, porque los datos objetivos son malos, los peores de la zona. Aquí no hay un gran debate ideológico, ni un cambio de prioridades. La verdad es que las cuentas no dan para todo y que toca recortar con carácter generalizado, lo cual requiere menos retórica y más prosa dura, sin contemplaciones ni tibieza.