Huelga general, enésima y desgastada edición

Según se cuente la huelga general convocada para el día 29 es la séptima o la novena de la etapa constitucional, y también la 12ª si colocamos el contador el día de la muerte de Franco. La huelga general forma parte de los mitos sindicales, significa un golpe de mayor cuantía para demostrar poder. Fueron huelgas generales revolucionarias las de 1917 y 1934, incluso la de julio de 1936, respuesta al golpe de estado que luego se llamó Alzamiento, Cruzada y otras calificaciones nada inocentes. Pero eso es prehistoria nada deseable para el siglo XXI.

Ahora ejercitar el derecho de huelga intensivo con una “general” (y cabe el debate sobre la constitucionalidad de una huelga general) suena descafeinado. De hecho los sindicatos arrastran los pies, tienen ganas de que pase la demostración sin consecuencias imprevistas. Saben que el Gobierno no se moverá un milímetro, la ley de reforma laboral en trámite en el Parlamento quedará como el Gobierno quiere. Incluso puede dar alguna otra vuelta de tuerca para desmochar algo más el poder sindical. A poco se le vaya a alguien la mano en la movilización, ganarán bazas los que pretenden recortar el derecho de huelga.

El Gobierno contaba con esta huelga, cuantos antes mejor, incluso puede trasladar una imagen de autoridad y diligencia en el celo reformista que estará bien visto en Bruselas y puede servir para justificar, más aún, la necesidad de la reforma. Rajoy es flemático y la huelga no le impresiona. Como tampoco impresionó a Zapatero (aunque soñó con pasar por la presidencia sin una huelga) que no modificó ni una coma de su reforma laboral. La pólvora de la huelga general está húmeda. Sorprende que los sindicatos no utilicen otras formas de presión en el nuevo siglo.

El franquismo pasó sin huelga general, ni pacífica ni de cualquier otra naturaleza. Adolfo Suárez soportó dos intentos de huelga general de baja intensidad y poco éxito, convocadas con el argumento del paro, la primera de ámbito local (1976) y la segunda por iniciativa de los sindicatos europeos (1978). Hubo una tercera huelga general tras el intento de Golpe militar del 23 F, pero no pasó de ejercicio retórico.

Felipe González padeció tres huelgas generales con resultados y consecuencias desiguales. La primera, 1985, contra una reforma del sistema de pensiones. Los huelguistas no consiguieron nada, sin esa reforma el sistema de pensiones se hubiera ido al garete. Aquella fue una demostración de poder sindical frente a un gobierno de izquierda que les hacía menos caso del que los sindicatos creían merecer.

La segunda, diciembre de 1988, fue la huelga soñada; aquel día se paró hasta el aire, la televisión se fue a negro a las 00:00 y millones de españoles decidieron tomarse el día libre. Era la huelga pendiente que dejó noqueado al gobierno y al presidente al borde de la dimisión. Protestaban contra una reforma laboral que entre otras medidas proponía el modelo de contrato de aprendizaje alemán, que tan bien hubiera venido a los jóvenes de entonces y de hoy. Aquella huelga confirmó el poder sindical y empujó al gobierno hacia una política de gasto público que luego pasó factura al cambiar el ciclo. Pero unos meses después el gobierno ganó las elecciones con mayoría absoluta.

Los sindicatos ensayaron otras dos huelgas generales contra los gobiernos de Felipe González, en 1992 y 1994, que ya estaba vacunado ante semejantes contingencias. Tuvieron seguimiento limitado, aunque el Gobierno se hizo a un lado y evitó la confrontación, porque tampoco tenía interés en debilitar a unos sindicatos que forman parte del tinglado institucional.

La huelga del 2002 contra la reforma laboral planteada por Aznar (con mayoría absoluta) tuvo un seguimiento medio; el Gobierno gestionó la movilización con inquietud y torpeza y aunque los sindicatos no lograron sus objetivos, la reforma siguió adelante, significó un quebranto para el Gobierno con relevo de ministros incluido. Aznar iba de duro, pero en esa ocasión le temblaron las piernas.

La huelga contra Zapatero el año 2010 pasó sin pena ni gloria, el Gobierno dejó hacer, y evitó disgustar a los sindicatos. Y la oposición tampoco mostró beligerancia ya que entendía que debilitaba al Gobierno. Pasó el día y todos pasaron página. Pero no huno rectificación de las medidas. El arma de la “huelga general” va camino del cuarto de los recuerdos, en ausencia de otros recursos los sindicatos vuelven al recetario tradicional, probablemente sin más pretensión que aparentar que existen.

fgonzalu@nebrija.es