La politización de la justicia, no es cuestión de procedimiento

En la lista más corta y dramática de los problemas de España no puede faltar el del funcionamiento de la justicia, deficiente, lento, turbio, corporativo, manipulado y sin propósito de enmienda. Son muchos los jueces competentes que tratan de hacer bien su trabajo, pero también los obstáculos, las dificultades y las trapisondas. La peripecia judicial de estos días pone de relieve lo más patológico de la sociedad española y de su casta política. El desarrollo de las causas abiertas en distintos tribunales contra altos cargos, incluidos dos presidentes autonómicos y un juez de la Audiencia Nacional, son desoladores por sí mismos y por su desarrollo.

Al fondo de todo está una vergonzosa politización partidista de la justicia, que viene de atrás y que se complica con el paso de los años. El nuevo ministro de Justicia ha enviado una señal positiva con la designación de un fiscal general profesional, competente y respaldado por la carrera. Y ahora anuncia que ir a un sistema de designación de miembros del Consejo del Poder Judicial dentro del propio ámbito de los magistrados. ¿Puede ser un paso decisivo hacia la despolitización de la justicia? Pues no es seguro, incluso ni siquiera es probable.

Los partidos políticos con poder han trabajado duro estos años para politizar la justicia. Han hecho caso omiso del mandato de la ley (una flagrante prevaricación) y no han designado a los mejores, a los que cumplen los requisitos, sino a amigos, leales, que hicieron méritos y quieren seguir haciéndolos. Cualquier juez que quiera hacer carrera sabe que tiene que agradar a algunos de los grandes electores para entrar en las cuotas.

El procedimiento de elección es aleatorio; todos tienen inconvenientes. La cuestión decisiva es si quienes designan quieren colocar a los mejores o prefieren a los dóciles. La politización de una pequeña parte del aparato de la justicia lo complica todo, lo mancha. Lo saben muy bien los propios jueces, porque lo ven cada día. El papel y la beligerancia de las asociaciones profesionales (un cáncer del modelo) que responden a descarados criterios partidistas e ideológicos, evidencia el mal.

Poco más de la mitad de los magistrados en activo está afiliad a alguna de las asociaciones profesionales, fuera de ellas es difícil hacer carrera. Y el sistema degenera, ningún gobierno se propone, en serio, sanear la Justicia, dotarla de recursos y respetarla. Cada cual tiene algo que proteger con carácter inmediato. Mientras la Justicia no mejore, no inspire confianza a los ciudadanos, la democracia española será débil, aleatoria, poco previsible.

No es cuestión de procedimientos, todos tienen ventajas e inconvenientes, el problema es de voluntad, de decencia, de vergüenza. Que los propios jueces elijan sus órganos de gobierno puede ser tan perverso como que lo haga el Parlamento, el ministro de turno o los aparatos de los partidos. Lo que hace falta es conciencia recta de quien tenga la responsabilidad. Y de esa conciencia recta hay poca traza, basta con repasar los diarios, sus héroes, sus filias y sus fobias.

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