Garzón y “Asesinato en el Orient Express”

El juicio (juicios) contra el aun juez Baltasar Garzón no se trata de un caso ordinario, uno más de los que llegan a sala en el Supremo; se trata de un juicio con pocos precedentes que ocupará espacio en la historia gris, o negra, de la administración de justicia. En este caso la ley no es ciega, ni sorda, ve, oye y razona perfectamente, incluso desde antes a abrir la investigación y de dictar el auto de procesamiento, antes de empezar la vista y el desfile de testigos, acusaciones y defensa. Da la sensación de que estamos ante un caso sentenciado, un culpable evidente y un ejemplar castigo que estaba escrito desde que empezó el caso hace ya más de dos años.

La acumulación de tres procedimientos, casi simultáneos, contra el popular juez sirve de pieza de cargo para sustentar la sospecha de que estamos ante un ajuste de cuentas, un castigo ejemplar a alguien que alborotó demasiado, que acumuló más enemigos de los que se pueden soportar. En resumen que al juez instructor de la Audiencia Nacional le han vencido muchas más letras de las que puede atender.

Garzón, a lo largo de su dilatada e intensa carrera, ha hecho muchos amigos, muchos adversarios y más enemigos, a derecha e izquierda, incluso las tres condiciones en las mismas personas. Todo, finalmente desequilibrado en favor de los enemigos. Van a por él, con una no demostrable conspiración de colegas, de magistrados que cubren todo el arco ideológico y emocional de la carrera, del cuerpo, que están decididos a excluir a un juez que les molesta, que les irrita. Además la lista de enemigos en otros ámbitos del poder político, también a derecha e izquierda, deja a Garzón en posición insostenible. No puede resistir tanta presión.

La sentencia estará escrita, y conducirá a la inhabilitación del juez, a su extrañamiento de la carrera y la profesión. Más que un aviso a navegantes (que lo es) se trata de un ajuste de cuentas a alguien que se puso demasiado pesado. Se juzga a un juez que se asomó a las cañerías y las cloacas de varios partidos, que molestó a demasiada gente y que con el argumento de que nadie está por encima de la ley va a sufrir el rigor de los juzgadores.

El artículo que Jorge Trías ha publicado en El País (no en ABC, que es su diario) de hoy es concluyente. Un relato parcial, con más insinuaciones que acusación, pero también contundente, leal, sincero, con hechos y personajes. Un artículo que es solo una parte pequeña de la historia, que apunta más que concreta, pero que es suficientemente significativo. Como en la famosa novela de Agatha Christie (escrita el año 1934) la víctima hizo méritos, pero los verdugos se multiplicaron, hasta doce manos para apuñalar y ejecutaron sin pestañear.

Un juicio que va a dejar mal a la justicia y aún peor a quienes la concretan, con togas y puñetas. Que pone de relieve la debilidad, la arbitrariedad, de las instituciones y que refresca algo que ya sabíamos: la justicia en España está por incorporarse a la modernidad, a la normalidad. Van a poner punto final a la carrera de un juez que acumuló demasiados adversarios que no quieren perdonar, que no quisieron enmendar.

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