¿Merecen Francia y Gran Bretaña la AAA?

La degradación generalizada de las economías europeas por parte de Standard&Poor, anunciada el viernes, ha sido interpretada en los medios y en boca de los políticos afectados políticos afectados, como un “golpe” norteamericano contra el euro, como la demostración del acoso a la vieja Europa por parte de esos competidores del otro lado del Atlántico. En resumen, música conspiratoria, una forma de ver el mundo que facilita las explicaciones, aunque no las soluciones.

El relato de que los males vienen de fuera, que la crisis empezó en los Estados Unidos por culpa de los financieros (lo cual es cierto) y sus alrededores y que los calificadores desaprensivos (norteamericanos, por supuesto) que tanto contribuyeron al desastre, vienen ahora a rematar la jugada liquidando el euro. Como prueba adicional e indirecta utilizan el argumento de que los británicos, con peores datos macro que los franceses, no están sometidos al escrutinio de los calificadores de S&P que no ponen en revisión su inmerecida AAA. Pero la tesis conspiratoria es débil.

A estas alturas, la preocupación de los norteamericanos por Europa y el euro es limitada, de hecho a ellos les conviene una recuperación de las economías europeas, paralela y simultánea a la suya propia. El foco de los americanos ya no está en Europa, su interés estratégico fundamental está en Asia, en el Pacífico.

Las tres agencias calificadoras pasan por una fase de baja reputación, son unos aguafiestas acreditados con demasiados errores acumulados. Pero su trabajo sigue siendo necesario, los inversores atienden las opiniones de las agencias para tomar decisiones, entre otras razones porque no hay otras mejores y la hipótesis de que los bancos centrales o agencias oficiales hagan su trabajo tampoco es tranquilizadora. Las tres agencias saben que están sometidas a vigilancia severa de los gobiernos y que antes o después tendrán que someterse a regulaciones más exigentes y estándares de responsabilidad más caros. Pero su trabajo de aguafiestas sigue siendo imprescindible.

S&P (y antes o después las otras agencias) revisaron los rating de una decena de países europeos a la vista de datos objetivos que indican deterioro, que las cosas van mal y a peor. La última cumbre europea, la que Merkosy prepararon con detalle imponiendo a sus socios acuerdos de consolidación fiscal, no ha clarificado la situación. Por eso el ministro alemán de Finanzas se queja de que los analistas de las agencia son han entendido y que no hay que hacerles caso. Pero la verdad es que el rescate griego sigue empantanado y amenazando la estabilidad del euro y que las economías con riesgo de necesitar rescate no mejoran lo suficiente. Europa está en recesión, lo va a estar, por lo menos, durante buena parte del año.

El BCE ha hecho el gasto de sostener los sistemas financieros con “manguerazos” de liquidez que evitan que crezca la fiebre pero que no sanan al enfermo, ni alientan una recuperación consistente. Con este panorama la rebaja de rating de países cuyas economías van a menos es de lo más lógico. Además las agencias no hacen nada distinto de lo que hace el mercado, la prima de riesgo de Francia crece lo cual no permite mantener un grado equivalente al alemán.

Perder un grado parece una humillación para Sarkozy y para Francia, más aun que lo fue para los norteamericanos cuando estuvieron a punto de suspender pagos por el rechazo del Senado a ampliar el techo de deuda. Pero no debe extrañar que Francia pierda un grado y que España e Italia pierdan dos cuando sus economías empeoran a ojos vistas. Los británicos no van mejor, tampoco merecen una triple A, pero disponen de más herramientas y las venden con más habilidad. Lo evidente es que Europa pierde competitividad y relevancia, lo cual se refleja los rating. Lo anómalo sería que no ocurriera. No hay conspiración, más bien realidades objetivas poco tranquilizadoras.

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