Un incómodo tufo franquista

Ignacio Sotelo, sociólogo, articulista distante que va a su aire, titulaba su tribuna en El País del miércoles “Elementos franquistas de la crisis”. Sospecho que da en el clavo, se nota últimamente un tufo franquista en algunos actos que van más allá de cualquier partido. Se percibe en esas tomas de posesión aparatosas, con juramentos y promesas, con muchos coches oficiales trajinando de acá para allá y muchas zalamerías entre proveedores y clientes que no vienen a cuento.

Se ha notado en el aplauso como muestra de adhesión, que es el mensaje, la foto, que ha quedado como imagen de la solemne apertura de la X Legislatura. Senadores y diputados aplaudieron durante más de ¡dos minutos! al Rey, al jefe del estado en una especie de homenaje a la persona y lo que significa. ¿Es normal? ¿No hubiera sido mejor que quedara alguna idea fuerza, alguna apelación moral o política en las palabras del Rey (aprobadas por el Gobierno) ante la expresión de la soberanía popular que es el parlamento en pleno de Congreso y Senado?

Lo de los aplausos es muy franquista, era un sistema de medida de la influencia de algún personaje o de la necesidad que el régimen tenía de adhesión inquebrantable. Aplausos de un minuto indicaban un señal y de dos minutos otra mayor; se medía también la intensidad (el aplausómetro) porque a falta de ideas y proyectos servían los afectos interesados.

Los aplausos al Rey en espacio tan solemne y áspero (según convenga) como el parlamentario suenan mal, incluso apestan, aunque algunos pretendan que es algo emocionante. La política española (y la europea) no se desliza por las emociones, más bien por el cálculo más interesado y egoísta.

Tufillo franquista también en los titulares y editoriales de todos los medios que reciben al Gobierno con unas adhesiones sospechosas por carentes de fondo. La tesis de Sotelo merece atención y reflexión. La transición fue eficaz, incluso ejemplar, pero el fervor reformista se detuvo demasiado pronto para dar paso al conformismo, a no asumir riesgos y dejar los cambios para más tarde.

Con ese espíritu la reforma de la Ley Electoral pactada por los partidos tradicionales hace un año cerró ventanas en vez de abrirlas. Y el discurso moral, la regeneración brilló por su ausencia en la campaña y en los primeros compases de la legislatura. Pero aún, cuando la diputada Rosa Díaz introdujo el tema en el debate de investidura Rajoy se enfadó con ella sin venir a cuento.

El juicio de los trajes en valencia apesta por inmoral; los trajes es lo de menos, lo de más han sido las maniobras para descarrilar el caso, para enmendarle, para evitar dar explicaciones y pedir excusas. Al final quedan comportamientos que van de lo infantil a lo indigno, incluidas las maniobras encubridoras del diputado-abogado Trillo.

El Gobierno ha cambiado, pero la forma de hacer política no, el tufo franquista apesta, los aplausos y las tomas de posesión floridas pertenecen a otra época.