Gobierno sin emoción ni carácter

Mariano Rajoy ha hecho un gobierno a su medida, sin perfil, sin emoción, sin riesgo. Tiene la ventaja de componer un grupo compacto, muy del partido, muy del presidente, pero con poco carácter, que no planteará a su jefe otro problema que no sea no traer problemas, más allá de posibles ocurrencias. Todos son del partido, con más o menos compromiso o distancia, casi todos colgados de cargos políticos anteriores. Los pocos que vienen de la vida civil (Morenés en Defensa, Wert en Educación) tienen acreditada lealtad al Partido Popular y una experiencia razonable.

Un gobierno de bajo perfil que no va a despertar entusiasmo salvo a los que estarían entusiasmados en cualquier caso. Va a contar con buen apoyo mediático, pero estos son los medios menos independientes o no alienados desde la ley Fraga a finales de los sesenta. Un gobierno para un presidente que no quiere aventuras ni riesgos, muy prosa dura, aunque puede traer alguna sorpresa en el futuro por las actividades varias de algunos de sus miembros..

Es un gobierno de 13 carteras (catorce asientos con el del presidente). Se trata de un gobierno sin enredos o arreglos de familia, más allá de una cierta cuota andaluza (tres diputados de esa comunidad) que indica que Arenas tiene vara alta con Rajoy y unas elecciones importantes próximas. De catalán ejercerá el ministro del Interior, que nació en Valladolid aunque está afincado en Barcelona desde que fue gobernador civil, y que es  más vaticano que catalán.

Rajoy no sorprendió en el discurso de investidura: correcto, ortodoxo, previsible, con un catalogo completo de temas previsibles, pero sin chispa. El gobierno es un calco del discurso. No habrá tardado más de dos horas el presidente en hacer las correspondientes llamadas, ya que ninguno tenía otra cosa mejor que hacer que ser ministro y ninguno deja compromisos delicados o complejos o casi inaplazables salvo que la patria te llame. Ninguno va a perder demasiado por servir. Todos encantados y mejorando.

Rajoy ha decidido separar Hacienda de Economía, que puede ser una medida correcta para la buena gestión de los dineros, pero la falta de un jefe claro de los asuntos económicos traslada al propio Presidente, que ha asumido la presidencia de la Comisión delegada (primera vez que ocurre desde que existe hace cuarenta años) la función de las explicaciones, las decisiones y la pedagogía de la política económica. Aquí no hay ni Boyer (que no fue vicepresidente), ni Rato, ni Fuentes, ni Abril… en favor de un estilo más burocrático, menos creativo, más registral, más Rajoy.

Integrar Educación con Cultura no supone una novedad, y sustituir el nombre de trabajo por Empleo es un guiño retórico que obliga a cambiar rótulos, al igual que recuperar el nombre Agricultura (que no debió perderse) para denominar el mismo ministerio que inventó el anterior gobierno con nombre complejo. Sumar administraciones Territoriales y Públicas a Hacienda tiene sentido y facilitará los ajustes, la coordinación y la simplificación y toma de decisiones sin excusas. Ese ministerio de Montoro, que conoce Hacienda donde ya estuvo, va a ser clave en esta primera fase de gestión dura, interna, sacrificada.

Soraya Sáez de Santamaría se convierte en sosias de Teresa Fernández de la Vega en las funciones de vicepresidenta única, Presidencia y Portavoz con poder interno y externo para el que ha acreditado carácter hasta ahora, aunque tendrá que jugar en una división muy superior, no es lo mismo el grupo parlamentario de la oposición que el gobierno.

Sorpresa en Exteriores, con un  candidato con mucha experiencia política pero muy poco conocido. Y menos sorpresa en Justicia, una cartera que permitirá a Gallardón dedicar tiempo a la política con riesgos limitados.

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