La economía despatarrada

Dice el diccionario que despatarrarse en caerse al suelo abierto de piernas, y esa es la imagen que produce la economía europea y más en concreto la española, a la vista del avance de datos del tercer trimestre. La deseada y prometida recuperación brilla por su ausencia y el dato último es de ausencia de crecimiento. Cero pelotero. Tras tres años de retroceso (-1% el 2008, -3,7% el 2009 y -0,1 el 2010), que carecen de precedentes, el verano del 2011 devuelve el estancamiento y confirma que no hay recuperación. Y no recuperar tras tres años de caída induce la mayor desesperanza.

La leve mejora de expectativas apuntada a finales del pasado año se ha desvanecido con el calor, el crecimiento interanual de los tres primeros trimestres del año se queda en el 0,7 y las perspectivas para el cuarto trimestre van a menos. El pasado trimestre, a pesar de una buena campaña turística, no dará crecimiento alguno; la aportación del comercio exterior no compensa una demanda interna en retroceso, incluso con tasas de ahorro a la baja.

Falló el gobierno con sus optimistas previsiones de crecimiento, pero fallaron también todos los demás ya que en sus hipótesis no tenían en cuenta una crisis de deuda como la padecida estos últimos meses, que ha arruinado la esperanza de una recuperación del consumo que sustentara la salida de la crisis, aunque fuera débil.

No hay consumo porque no hay confianza, y como no hay confianza no hay inversión, ni producción. Y el sector público, ahogado en un déficit que espanta a los acreedores, no puede asumir el papel de activista del crecimiento, todo lo contrario tiene que ajustar gastos para tranquilizar a los acreedores y evitar que cierren la ventanilla y suban el precio de un crédito residual.

La gobernanza del área del euro es confusa y accidentada. Los acuerdos del fin de semana en Bruselas no van mucho más allá de los alcanzados en julio que no hay manera que materializar. La cumbre del G20 este fin de semana aparece como nuevo escenario para intentar reconstruir la confianza global, pero de momento solo cotiza el escepticismo.

El nuevo gobierno va a heredar una economía al borde de la recesión, de una segunda caída de PIB que significa empobrecimiento global y descenso del nivel de empleo. Esta misma semana conoceremos los datos de empleo de octubre (primer mes del nuevo trimestre) que volverán a ser negativos, como lo fueron los de los años anteriores. Y con caída de empleo, en las actuales cotas de paro, no es posible la recuperación.

La urgencia de una política reformista, de una estrategia de crecimiento, que pasa antes por estabilizar el gasto público, es crítica. No cabe imaginar que llueva un maná crediticio para la recuperación, aunque esa pretende ser la receta oficial del PSOE. Esa posibilidad ya pasó y se desaprovechó. Ahora hay que hacer los ajustes que entonces aplazaron. Y con carácter inmediato al nuevo gobierno le interesa que a la señora Salgado le salgan las cuentas del año, que el déficit no supere el 6% porque la factura puede complicar más aun las cosas.

Este es tiempo para interpretaciones muy virtuosas, ninguna frivolidad y pocos aficionados. Rajoy da la sensación de que está al tanto de lo que le espera y que no está para bromas. Más nos vale.