Bajaron el rating… y nada pasó

En algunos medios y entre algunos comentaristas se percibe cierta frustración, Las agencias del rating han degradado la deuda española y no ha pasado nada. Algo así como una corrida de toros sin sangre ni emoción. Atribuyen a Belmonte la respuesta “Se hará lo que se pueda” cuando algún aficionado ilustre sentenció, se arrima usted mucho, le va a coger el toro. Las tres agencias de rating han degradado la calificación del Reino de España a la zona de notable y no ha pasado nada, incluso la bolsa se ha dado el gusto de subir algo. Y el Tesoro colocó esta semana letras a 12 y 18 meses sin problemas aparentes. Y hoy debe colocar obligaciones a diez años que es una prueba de mayor cuantía sobre la temperatura del mercado.

Emprenderla con los calificadores como si fueran los causantes de los males actuales tiene poco recorrido; puede producir cierto regusto, pero se pasa enseguida. Los calificadores son imperfectos, como todo hijo de vecino, son cómplices del desastre, como tantos otros, pero son imprescindibles para circular en un mundo hiperfinanciero, donde invertir y prestar es como respirar.

En este caso los calificadores van por detrás de los acontecimientos, a contrapié de la crisis; no se enteraron de que calificaban latón como oro y ahora puede que desdeñen la plata como si fuera lata. Si la prima de riesgo de los títulos españoles anda por encima de 300 puntos básicos, no se puede mantener una doble A, no es coherente. De manera que la calificación con una sola A es de lo más lógico. Los mercados financieros y bursátiles no han reaccionado a la degradación porque ya lo habían hecho, en este caso son los calificadores los que llegan tarde.

La cuestión ahora es mantener el rating actual y cumplir el calendario de colocaciones las próximas semanas. Pero el argumento relevante es cerrar el ejercicio con arreglo a los compromisos del Plan de Estabilidad, es decir con un déficit de todas las administraciones que no sobrepase el 6% del PIB. Objetivo imposible en opinión de la mayor parte de los analistas, pero que sigue siendo verosímil para la vicepresidenta Salgado. Claro que no será ella la que cierre las cuentas del Estado.

El nuevo Gobierno puede caer en la tentación de la excusa de la “herencia recibida” y hacer un cierre exigente del que se haga responsable. Sería jugar con fuego ya que debilitaría la credibilidad de la deuda española, ya bastante deteriorada. Ese riesgo está en la mente de los dirigentes del PP más responsables que perciben que los socialistas son menos enemigos que la propia crisis, y que saben que porque cambie el gobierno no mejoran los rating, para eso hace falta algo más.

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