Campaña electoral y miedo a la verdad

La campaña electoral de los socialistas no es relevante, lo que cuenta para los electores es lo que han hecho, el desempeño de los dos gobiernos Zapatero, y no cuentan las pretensiones del candidato que suenan huecas, aunque pone diligencia y táctica en las propuestas. Los votantes socialistas, que tienen suelo, lo harán con disciplina y amor, pero no por la confianza que merecen.

La campaña que importa es la del seguro ganador, la de Mariano Rajoy. Y no conviene olvidar que el actual candidato, que ha perdido las dos rondas anteriores, conoce los procedimientos y estrategias de campaña, y tiene en su haber que dirigió la campaña de la mayoría absoluta de Aznar el año 2000. Aquella fue una campaña suave, persuasiva, frente a un candidato, Joaquín Almunia que abrazó a IU y dejó todo el espacio tibio del centro al PP.

La actual campaña de Rajoy es cauta, de baja exposición y poco riesgo, que prefiere reaccionar al adversario más que llevar la iniciativa. Una campaña para no restar, para no irritar, con reparto de papeles para algunos hooligans hagan el gasto pero con repliegue inmediato ante cualquier exceso.

El problema de esta campaña es que nadie dice la verdad, que se emboscan en el burladero para no dejarse empitonar. Ninguno se atreve al diagnóstico de la naturaleza y alcance de la crisis y al tratamiento de la crisis. Todos temen que el ciudadano perciba amenaza a sus status o lo que entiende que son sus derechos. Unos y otros prometen ser sociales y ajustar solo en lo que no es social.

En esta ocasión sirve aquello del “mientes Marcelino, y tú sabes”. En esta campaña todos mientes o, al menos, ocultan la verdad. Esa verdad que entendieron los irlandeses y ajustaron sus rentas medias del orden del 15% para salir de la crisis, de la que están saliendo con muchas dificultades. Esa verdad que no entienden los griegos y que les va a llevar al desastre, una vez que ya están desahuciados, cuando el rescate se ocupa de sus acreedores más que de los endeudados.

En campaña no van a decir la verdad, tiene miedo a espantar a los votantes; pero a renglón seguido del resultado electoral el nuevo gobierno tendrá que armar el discurso de “sangre, sudor y lágrimas” (y esfuerzo) para salir del agujero y evitar el deslizamiento al abismo. El discurso duro queda para después de reyes, cuando la economía esté casi en recesión y el déficit público en una cota no manejable, abriendo la puerta a la ayuda externa, al rescate.

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