Grecia puede suspender pagos

En otros tiempos algunos financieros irresponsables pretendían que los países no suspendieran pagos, que no son como las familias o las empresas, porque disponen de mecanismos y recursos para evitar esa catástrofe. La historia documenta, sin embargo, que no son pocos los países que han dejado tirados a sus acreedores, varios de ellos reincidentes.

Un reincidente es Grecia, un viejo país con mucha historia pero poco fuste en estos últimos tiempos. Grecia ingresó en la Comunidad Europea, primero, y el la Unión Monetaria después, porque nadie se tomó en serio las cifras, porque quienes tenían que revisar los números y los requisitos para ser socios, miraron a otro lado. La señal que recibieron los griegos, especialmente su gobierno, fue que la Unión se hacía cargo de la cuenta. Y así ha sido durante bastantes años, demasiados, de manera que la factura ahora es de mayor cuantía, tanta que no es posible pagarla y que el reparto resulta muy problemático.

Hace ya más de un año el precio del rescate griego se cifró en 110.000 millones de euros. Una cifra extraordinaria para un país con muy limitada capacidad de pago de sus deudas. A cambio de recibir esa cantidad el Gobierno griego se comprometió a una serie de ajustes y reformas que sus ciudadanos ni entienden, ni asumen. Pocos meses después quedó claro que esa cantidad era insuficiente y que había que doblar la apuesta con otro paquete de 160.000 millones que requería compromisos adicionales. En esas estamos, con desesperación para quienes tienen que asumir ese coste y sacar de apuros a una retahíla de bancos que prestaron con la milonga de que los países no suspenden pagos.

La otra hipótesis, cada día más razonable o verosímil, es que los países suspenden pagos, que Grecia puede hacerlo y dejar tirados a sus acreedores. Asimilar ese trago trae ahora de cabeza a esos acreedores y a las autoridades del euro, porque la crisis de un socio afecta a todo el club, y muy especialmente a los socios más débiles.

Lo que los mercados cotizan estos días es que Grecia no puede pagar y que el impago arrastra a buena parte de los acreedores. Los desmentidos oficiales suenan a palabras vacías, infundadas, porque faltó autoridad en Europa para evitar esa catástrofe y, ahora, falta para mitigar los daños y salir del problema.

Esta crisis acredita que se van cumpliendo las peores hipótesis y que lo que hace un año era improbable, la salida del euro de un socio, ahora es posible e incluso deseable. La crisis griega debilita a Italia y a España, que van detrás en índice de desconfianza (sin olvidar Irlanda y Portugal que ya pasaron la línea de resistencia). Y mientras la situación no se clarifique los mercados irán a peor y el coste de la deuda crecerá hasta la cota de lo insoportable.

Ganar credibilidad requiere el doble de tiempo y esfuerzo que el que llevó perderla. En estos tiempos encadenar tiempo es decisivo, todo va en tiempo real, casi insoportable.