Tras la visita de Benedicto XVI

Si Zapatero imaginó que tras ocho años al frente del Gobierno de España la Iglesia Católica iba a perder protagonismo e influencia en la sociedad española, apañado va. El resultado puede ser el contrario. Otro tanto sirve para el sueño federal, aquello de la España plural, pacífica y solidaria. Ocho años después esas tres pretensiones pertenecen más al mundo de la ocurrencia que al de las hipótesis probables.

Benedicto XVI ha visitado España en tres ocasiones, Santiago, Barcelona y Madrid; en cada una de ellas la cooperación del Estado ha ido a más y a mejor. Tras lo visto estos días es notorio que el gobierno socialista y la iglesia de Roma han encontrado un modus de entendimiento satisfactorio para ambas partes, y especialmente al Vaticano que ha podido confirmar con hechos que la iglesia católica española goza de buena salud.

La demostración de una excelente organización (cocinada en España y por españoles) y de una capacidad de movilización como nadie es capaz resulta ahora tan evidente, que hasta las manifestaciones en contra, ruidosas y de dudosa oportunidad e inteligencia, han dado más lucimiento al acontecimiento.

Discutir el número de participantes en irrelevante. Fueron más de los previstos, puede decirse que no faltó nadie, que nunca se conocieron en España concentraciones semejantes, ni siquiera en las manifestaciones tras el 11M, el 23F, el entierro de los abogados de Atocha, el de Tierno Galván o el de Franco. Movilizar más de un millón de personas (casi 200.000 venidas de fuera) solo está al alcance de la Iglesia Católica (con dos años de preparación cuidadosa, exigente y profesional). Ni los partidos, ni los sindicatos, ni las organizaciones sociales más implantadas pueden comprometerse a algo semejante.

De manera que el mensaje papel y su liderazgo puede parecer trasnochado, pre-ilustrado, mágico… pero el silencio la noche del sábado en Cuatro Vientos de tantas personas recogidas en meditación, oración o como se quiera calificar ese estado, fue impresionante y deja huella.

El cardenal Rouco ha conseguido sus objetivos y ratifica un liderazgo ahora indiscutible de la jerarquía y de la Iglesia española, aunque sabe también que la estrategia vaticana respecto a las relaciones con el estado español discurre por un guión poco estridente, de respeto y cooperación sin enfrentamientos con el estado salvo manifiesta provocación. Al mismo tiempo el discurso de una iglesia perseguida y acosada solo lo pueden sostenerse los victimistas capturados por cómodas teorías conspiratorias.

Tras la visita de Benedicto XVI queda el balance y los efectos. El cardenal Rouco proponía medio millón de matrimonios indisolubles. Pero la sociología familiar no va por ese camino; habrá que ver la evolución de las estadísticas estos próximos meses. Más tangible es el problema de las vocaciones cuyo déficit forma parte de las preocupaciones fundamentales de la iglesia. Los 2.500 seminaristas actuales en España significan la cifra más baja de la historia reciente, la edad media del clero está en la raya de la jubilación. Un acontecimiento como el de estos días, con movilización de más de un millón de jóvenes sensibilizados, debe traducirse en unos millares de nuevas vocaciones. Si no ocurre así uno de los objetivos habrá fracasado. El otro, acreditar la presencia y la fuerza de la Iglesia Católica lo han conseguido con creces.

Zapatero tiene motivos para meditar, para reparar que la sociedad es más compleja de lo que imaginó en su adolescencia leonesa, con la que llegó al poder hace siete año y medio. Se irá más confuso que cuando llegó.