CAM: lecciones de una intervención

La intervención de la Caja Alicantina (la CAM) apenas es noticia, era una historia anunciada, quizá inevitable desde que rompió la operación Base con Caja Astur. Probablemente esa fusión no era la mejor, podía haber arrastrado a todos ya que los problemas de la CAM (que significaba más de la mitad de los activos agregados del grupo) podían desbordar la capacidad de Caja Astur, en plena digestión de la Caja de Castilla la Mancha, la primera de las intervenidas por el Banco de España.

La CAM era una de las cajas más comprometidas en la burbuja inmobiliaria además de otros problemas que tienen que ver con la capacidad de gestión. Pero se trata de una caja grande en tamaño, grande y torpe, una de las seis mayores del sector. Por tanto las autoridades soñaban con una solución que evitara la intervención. No ha sido posible por más que ha porfiado, en defensa de sus propios intereses, el consejo de la caja tan politizado como el de sus colegas de Castilla La Mancha y tan incompetente como los canónigos de Caja Sur.

Con la nacionalización de CAM el monto del sector sometido a intervención forzosa se dobla, de menos del 4% del sistema que sumaban CCM y Caja Sur a más del 7%. De manera que la tesis de que el sistema financiero español era fuerte y sólido como roca deja de tener sentido. Son fuertes la mayor parte de los bancos (no todos) y algunas cajas, en buena medida por su posición en otros mercados o por una acreditada prudencia y profesionalidad, pero el negocio local está seriamente afectado en cuanto a solvencia y también en rentabilidad.

La intervención de CAM ha sido menos dramática que las dos anteriores, y no ha desatado inquietud entre los depositantes, algo impensable hace unos años. La sensación de que los bancos (y cajas) no quiebran, que todos tienen garantía está instalada entre la clientela, lo cual planeta evidentes riesgos morales. El incentivo de la buena gestión es irrelevante. Más aun cuando está por ver la responsabilidad de los gestores, sometidos a expedientes administrativos lentos y de eficacia por acreditar. El Estado, es decir los contribuyentes, pagan los vidrios rotos, incluso aunque las privatizaciones de las cajas intervenidas se materialicen en pocos meses. Así ocurrió con CCM y Caja Sur, aunque está por ver qué ocurre con CAM, que tiene que aflorar cuentas mucho más deterioradas de lo reconocido hasta ahora, y que cuenta con una red redundante con la de cualquier otra entidad fuerte en España o excesiva para alguien que quiera establecerse en este mercado, poco atractivo y muy competido en este momento.

Además no está claro que esta vaya a ser la última intervención; al menos otros cuatro proyectos para reestructuración de cajas pasa por apuros y no está nada claro que vayan a salir adelante sin nacionalización.

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