Camps: un caso cutre y nada ejemplar

Francisco Camps se despide del primer plano de la política y lo hace con una nota entre épica y patética, con una declaración forzada de su partido que destila lágrimas de cocodrilo, y con declaraciones de sus amigos que parecen elegías de oficio, para asegurar la tapa del féretro. Son notas y declaraciones que llevan a la pregunta: ¿Y porqué dimite este hombre, que parece un dechado de perfección?, si es tan brillante, tan honrado, tan cabal… ¿cómo ha llevado tan lejos y tan mal esta aventura?

Entre los primeros escándalos de corrupción política en la historia moderna aparece siempre el del “estraperlo”, que en 1934 se llevó por delante un gobierno de derechas de la II República española, presidido por el radical Alejandro Lerroux en coalición con la CEDA de Gil Robles. Cayó el gobierno y el Partido Radical se fue al garete para desaparecer del mapa político. El caso era menor, unos belgas (u holandeses) llamados Strauss y Perle quisieron instalar un juego de ruleta en San Sebastián y en Mallorca y tropezaron con las licencias oportunas. Parece que les ayudaba un sobrino de Lerroux y algún pariente de otro ministro, pero la influencia no funcionó y los decepcionados promotores del juego denunciaron a sus fracasados conseguidores. El asunto fue a más y acabó con el gobierno.

Ahora el caso Camps tiene parecido, unos trajes, una distracción de 50.000€, con tráfico de contratas graciables al fondo, lleva a la dimisión forzada de uno de los dirigentes del Partido Popular con más apoyo popular e influencia. Es muy probable que este hombre ni se ha enriquecido, ni ha abusado, pero es víctima de arrogancia, de imprudencia y de poco juicio. Toda la peripecia del caso ha sido desastrosa, se ha llevado por delante la reputación de sus protagonistas y la credibilidad de sus compañeros. En esta historia no hay nada ejemplar. El personaje más decente ha sido el sastre, quisieron que actuara de tapadera pero le convirtieron en acusador a la fuerza, por autodefensa.

Todo el caso huele a cutre, chapuza, trapisonda. Y los elogios que ahora tributan al dimitido Camps lo ponen peor. Rajoy ha actuado con frialdad, a última hora, cuando la temperatura subió envió a su “profesional” para casos delicados, Federico Trillo, que al modo de las películas de Tarantino ha dejado limpio el escenario. Quedan flecos, la suerte de los otros encausados, el juzgado competente… pero despedido Camps el asunto puede pasar a segundo plano. Todo lamentable, decepcionante.

fgu@apmadrid.es