Huele a podrido… en casa Murdoch

Las prácticas de la prensa sensacionalista británica (siete millones de ejemplares para cinco diarios) forman parte de lo peor de la profesión, pero como son ligeros y truculentos se han instalado en lo tolerable, ¡ya se sabe como son! La rigurosa justicia británica entiende que forman parte de la zona de penumbra, excesos tolerados, y deja hacer con alguna condena ejemplar de tiempo en tiempo.

Pasaron por alto con algunas excusas y alguna sanción aparente las escuchan ilegales de famosos de las que se nutrió el “News of de Word” para sostener su tirada y, sobre todo, su capacidad de presión o extorsión (los límites son vidriosos) sobre determinados personajes y muy especialmente políticos de alta exposición. Pero a medida que se van conociendo detalles de los procedimientos de los medios sensacionalistas, especialmente los del grupo Murdoch, lo tolerancia con “esas cosas” empiezan a producir incomodidad.

Los Comunes debaten hoy si debe haber límite a esos excesos, la policía ve difícil seguir mirando a otro lado a la hora de investigar esos casos y los jueces van a tener que intervenir con más diligencia. Los propios editores y sus principales ejecutivos tienen cada día más difícil argumentar que “no sabían”, que “se ha hecho a sus espaldas” y que van a sancionar a los responsables.

Se empieza con poco, pero se acumulan excesos; las escuchas ilegales son contagiosas, adictivas, y conducen a delitos continuados con cómplices amables o tontos útiles, que conocen y que disimulan, que se aprovechan y que carecen de escrúpulos (son peores que los delincuentes). Las investigaciones de “The Guardian” y de la BBC colocan ahora sobre la mesa que los procedimientos de los diarios sensacionalistas desbordan todas las normas profesionales y violan algunas leyes. No se puede seguir mirando a otro lado y los jueces tendrán que actuar, investigar, descubrir y producir condenas ejemplares.

Y ese proceso se puede llevar por delante la reputación de muchos directivos y la solvencia de algún grupo. Murdoch que es uno de los casos de instrumentación del periodismo al servicio de causas poco confesables y de ambiciosos sin escrúpulos, está en el centro de la diana. Demasiada gente ha mirado a otro lado, ha consentido… y la mala práctica ha llegado demasiado lejos. Ahora toca cirugía, sanar, convalecencia larga. Aunque no es seguro que vaya a ocurrir, bien pueden los caraduras ganar otra tregua, hasta el próximo dislate.

En España no hay prensa sensacionalista instalada, la prensa seria tiene desahogos amarillos cuando les conviene, pero luego disimulan y se proclaman profesionales y serios, de “calidad” (excepto cuando no les conviene). Y el caso de las televisiones, de alguna en concreto, que si han optado por las peores prácticas, encuentran general repudio aparente, pero alta audiencia, complicidad y ese asentimiento tácito de los que se divierten con el mal ajeno o no quieren problemas.

El síndrome de los “tabloides” se llama impunidad, exceso, y han llegado demasiado lejos, aunque no está claro que paguen por sus culpas. En caso británico puede ser ejemplar, una vez más.

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