Grecia como advertencia

Tercera jornada de huelga general en Grecia con protestas airadas por la crisis económica e institucional del país. Sembraron vientos y recogen tempestades. Los excesos y fracasos de la política aventurera y de las mentiras de sucesivos gobiernos pasan factura ahora con desórdenes y profunda decepción. La huelga general de ayer afectó al funcionamiento del Parlamento y, sin relación directa pero con simultaneidad en el tiempo, el primer ministro ha planteado al partido de la oposición un nuevo gobierno de concentración nacional para asumir y poner en marcha el programa de ajustes que exigen el FMI y la UE para prestar otros 90.000 millones de euros que Grecia necesita para evitar la suspensión de pagos.

Los acreedores de Grecia no consiguen ponerse de acuerdo sobre la gestión de la deuda de ese país. Finalmente los primeros ministros de Alemania y Francia tendrán que arbitrar la fórmula que satisfaga a todos, si es que es posible la mediación.

El temor de los acreedores radica en la posibilidad de que la quiebra griega lleve a una cadena de desastres financieros que pueden afectar a la estabilidad del euro. Quienes sostienen esa tesis y temor argumentan que será peor que el desastre de Lheman el verano del 2008, que está en el origen de la actual crisis.

El gobierno alemán quiere repartir la factura griega, refinanciar su enorme deuda entre todos los acreedores, y de momento propone alargar los plazos y sustituir los actuales títulos de deuda por otros más favorables al deudor y, a la postre, a los acreedores. Pero el BCE teme que romper la cadena de compromisos, que refinanciar la deuda abre una escalada de incidentes y fracasos, una segunda ronda de reestructuraciones yd e litigios que puede llevarse por delante buena parte del sistema financiero con consecuencias muy negativas para el conjunto de la economía.

Pero mientras el debate se extiende en el tiempo y las decisiones se aplazan aumenta la desconfianza y se complican las soluciones. Europa no es capaz de afrontar los problemas, los debates resultan estériles y el sistema de decisión parece agotador e inútil.

El caso griego puede repetirse en otros países: Irlanda y Portugal tienen que acreditar que son capaces de cumplir los compromisos asumidos en sus respectivos planes de rescate. Y España aparece como inminente protagonista del drama, que suma papeletas con imágenes como las que abren todos los telediarios con parlamentarios agredidos y Parlamento sitiado en Barcelona. Las consecuencias buscadas y no buscadas de los excesos pueden ser desoladoras.

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