Gestionar epidemias y pánico escénico

Una docena de muertos en los hospitales de cualquier ciudad con razonables procedimientos de diagnóstico y la sospecha de una epidemia, de una contaminación por alimentos, es el peor de los escenarios para cualquier gobernante. Tiene que dar explicaciones creíbles, con cara de seguridad, cuando desconoce el alcance del problema, sus causas, las consecuencias, y el tratamiento aconsejable. Al día siguiente juzgar las decisiones del día anterior, es como tirar a puerta sin portero.

Si lo que está ocurriendo en Hamburgo hubiera pasado en, por ejemplo, Barcelona o Zaragoza, las críticas, las descalificaciones a los gobernantes de turno serían mayúsculas. No faltarían en los argumentos el viejo tópico del desastre nacional, la chapuza y el tercermundismo.

Pero ha ocurrido en Hamburgo, en la más industriosa y exigente Alemania, paraíso de la calidad, la laboriosidad y de una cierta austeridad luterana. Hamburgo es una ciudad-estado (un Lander) con casi dos millones de habitantes (la segunda ciudad de Alemania), su puerto que es el noveno del mundo y una de las rentas per cápita más altas de Europa.

Al gobierno de Hamburgo, y ahora también al federal, les toca gestionar una crisis alimentaria que ha costado dos docenas de vidas y que pasados diez días aún no han conseguido aclarar. Por precipitación han ido asignando culpabilidad y responsabilidades a hipótesis no contratadas trasladando complicaciones a terceros perjudicados sin motivo que ahora reclaman compensaciones.

Que algo así podía pasar era previsible y los organismos encargados de la gestión de crisis de esta naturaleza disponen de protocolos de actuación para minimizar los daños y para encuadrar las responsabilidades y los procedimientos de urgencia para evitar males mayores. También para evitar que los responsables políticos y de las administraciones públicas se compliquen la vida y la compliquen a los ciudadanos. Nada de todo esto ha funcionado en la eficaz Alemania, ni prudencia, ni protocolos, ni celeridad en la investigación… Si algo semejante hubiera ocurrido en el sur de Europa la explicación ante la opinión pública alemana hubiera sido sencilla: “así son estos bárbaros del sur que se aprovechan de nuestra moneda”.

El pánico escénico de los políticos ante situaciones de esta naturaleza, que son previsibles y que se repetirán con el paso de los años, es evidente y les lleva a decisiones extremas, arriesgadas y de graves consecuencias.

Esta crisis debería llevar a construir escenarios y procedimientos de respuesta y de actuación ante casos semejantes futuros, que deben implicar a la industria, a los consumidores y a las autoridades. También a los medios informativos que juegan un papel decisivo en la divulgación del miedo y a la hora de excitar las bajas pasiones. Es bastante sorprendente lo mal que se está gestionando esta crisis, en Alemania, en Bruselas y en otros países afectados.

fgu@apmadrid.es