Las acampadas llenan la agenda política

A las juntas electorales se les hacen los dedos huéspedes a la hora de mangonear. La reforma de la ley electoral, que vino con la excusa de mejorar la calidad de la democracia, va a lograr deteriorarla un poco más. La junta electoral de Madrid quiere liquidar las acampadas de los jóvenes indignados (y algún indignado menos joven) que ocupan la Puerta del Sol y otras plazas, y que han desplazado a los políticos oficiales de la agenda informativa. Una extralimitación de magistrados y catedráticos a los que han dado un gorra y un silbato y se han puesto a regular la vida pública. Dan instrucciones sobre cómo se tratan las noticias en las televisiones e indican a los ciudadanos que pueden hacer, o no, con sus derechos. Un despropósito.

Los acampados, que responden a distintos nombres, banderas, objetivos y emociones, han sacado de la pista la decepcionante y barriobajera campaña electoral en curso y han devuelto viejas imágenes de medio siglo atrás. Entre los acampados no faltan algunos veteranos de mayo del 68 y otros jóvenes que hablan de la “revolución” como si fuera un descubrimiento del nuevo siglo.

Los acampados consensuan manifiestos y declaraciones a golpe de asamblea y abundan en las condenas más que en las propuestas, aunque no son estas las que corresponden a un movimiento de protesta de esta naturaleza. Defienden las pensiones, que les pillan lejos y que, por ahora tienen que pagar. Protestan contra la reforma laboral que debería abrir las puertas del empleo a los que buscan sus primeros trabajos. En resumen que están indignados con lo que ven y defienden lo que había (“queremos vivir como nuestros padres”, decían meses atrás los bachilleres franceses que protestaban contra el gobierno Sarkozy).

Algunos miopes ven sospechosa la protesta en la Puerta del Sol, olvidando lo que esa plaza ha significado en la historia de España. Y otros tratan de capitalizar la protesta arrimando el ascua a su sardina. Casi todos “comprenden” la protestan dicen que es “muy interesante”, incluso insinúan que se parece a lo ocurrido en Túnez y El Cairo.

Y los medios informativos, especialmente las televisiones, se dejan llevar por la fascinación de la novedad. Tantos años sin protestas juveniles que cuando aparecen conmueven a los informadores, muchos de los cuales o tienen mala conciencia y tratan de disimilar, o son también precarios y maltratados y son solidarios. Todo indica que las manifestaciones van a ir a más y que prohibiciones adicionales pueden animar a más gentes a unirse a la protesta aunque solo sea por dejar claro que están indignados.

¿Tendrá algún efecto electoral? No es probable, quizá contribuyan a confirmar el desánimo de los votantes de la izquierda y a consolidar el voto de la derecha. Y ayudará también a conocer a esos oportunistas que se apuntan a lo que viene por si cae algo. Complicado papel para los sindicatos, que tratan de monopolizar la capacidad de agitación, y para los progres oficiales que se ven desplazados por gentes que no conocen y piden paso.

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