La inseguridad de los rescates en la zona euro

Pronto hará un año del “rescate de Grecia”, de la financiación otorgada por la Unión Europea y el FMI para evitar el impago y la renegociación de la deuda soberana de la republica griega. Luego vinieron otros dos rescates, el de Irlanda y ahora el de Portugal, pero ninguno ha puesto punto final a la crisis; en ningún caso se puede descartar que, finalmente, se produzca la indeseada renegociación de la deuda previo repudio del pago a su fecha de de intereses o de algún vencimiento.

El viernes “Spiegel”, portavoz oficioso y con fuentes anónimas de la Alemania enfadada con los socios del sur, tumbó los mercados, minutos antes del cierre, con la especulación de que Grecia saldría del euro para abrazar su vieja moneda seriamente depreciada. Una devaluación para salir de la crisis, pero que en si misma incorpora más crisis ya que multiplica el coste y el volumen de la factura de la deuda pendiente.

Los inmediatos desmentidos desde Atenas, Bruselas, parís y Berlín sirvieron de poco; la hipótesis de la influyente revista alemana es probable, verosímil, aunque no se llegue a materializar este año. Además “Spiegel” informaba de una reunión no anunciada de ministros de Economía de la Unión y dirigentes del BCE y la comisión (que se celebró en Luxemburgo) para tratar el estado de la cuestión, el alcance de la crisis financiera y la viabilidad de los rescates en curso.

Unos días antes los representantes del FMI, BCE y de la Comisión informaban a los portugueses del alcance de las condiciones que impone el crédito, el rescate, que puede evitar la suspensión de pagos del estado portugués. Los tecnócratas informan de las condiciones para otorgar ese crédito que se llama rescate.

El problema de los rescates es la credibilidad, ¿son suficientes? ¿Devuelven a los estados afectados el fundamento para seguir adelante, para una recuperación consistente? El problema de los rescates es que no resuelven los problemas, porque no explican ni las causas, ni las consecuencias, ni las alternativas, si es que existen.

Estamos ante un fracaso rotundo de las políticas nacionales y de la política europea; la Unión empezó por la moneda sin acompañar la operación de reformas de calado y de una mayor coherencia económica, especialmente presupuestaria. No se habían analizado escenarios de fracaso, ni la forma de hacer frente al mismo. Así que ahora hay que rectificar cuando los daños han ocurrido, asegurar el siniestro después de sufrirlo. Que cualquiera de los socios de la Unión Monetaria suspenda pagos significa un fracaso; pero aplicar medidas insuficientes, que precisan de segunda y tercera vuelta, no es menos fracaso.

La tragedia griega es la que tiene más actos de los que admite el escenario, de los que puede entender y soportar el público. Con el agravante de que a renglón seguido llegan las tragedias irlandesa y portuguesa e incluso alguna otra si el miedo cierra los mercados de crédito. Europa ya ha vivido dos momentos al borde del precipicio; y es probable que le quede alguna otra por conocer y sufrir.

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