El debate nuclear: posiciones irreconciliables

Si una sociedad tiene más legitimidad que cualquier otra en el debate sobre el uso industrial, pacífico, de la energía nuclear, esa sociedad es la japonesa. Tras las tragedias de Hiroshima y Nagasaki en 1945 los japoneses saben mejor que nadie las consecuencias del abuso nuclear. Ello no ha sido óbice para que Japón sea el tercer país del mundo (tras Estados Unidos y Francia) en instalaciones y producción de energía eléctrica de fuente nuclear. Hasta 57 reactores en 17 instalaciones funcionan (o funcionaban) en Japón, desde la primera central que produjo electricidad nuclear en 1970. Van más de 40 años de producción eléctrica nuclear que atiende el 30% del consumo japonés, que es la tercera potencia económica e industrial del mundo, algo así como el 10%.

El terremoto/tsunani ha parado buena parte de las plantas y coloca en riesgo casi extremos hasta cuatro reactores en tres emplazamientos próximos, a distancias no superiores a 200 kilómetros, cercanos todos a la zona más devastada por el tsunami. En la actual fase de emergencia e incertidumbre los japoneses asumen que tendrán que soportar cortes en el suministro eléctrico a determinadas horas del día según las necesidades del equilibrio de las redes.

Todas las autoridades, los interesados y los especialistas y también los adversarios de la energía nuclear y de su uso pacífico para producir electricidad siguen atentamente el caso y refuerzan y amplían sus argumentos. Quienes pretenden en cierre de las plantas y el punto final de esta forma de energía, reafirman los dos argumentos centrales. No hay suficiente seguridad y la gestión de los residuos no está resuelta.

Los partidarios de lo nuclear reiteran sus argumentos: hay razonable seguridad, y buena prueba es que un riesgo extremos, un terremoto de fuerza 9, ha provocado una alerta general, un riesgo importante, pero no una catástrofe; los fallos humanos y técnicos de Harrisburg (1979) y Chernobil (1985) fueron mayores y no han llevado a la energía nuclear a la consideración de energía e industria más peligrosa que cualquiera de las demás.

Los dos grandes accidentes en Estados Unidos y Ucrania impusieron un paréntesis, una paralización efectiva de los nuevos proyectos nucleares en los dos continentes afectados, pero en ningún caso condujeron a parar las plantas en funcionamiento, ni siquiera a agotar los plazos previstos, que en muchos casos se han ampliado con las correspondientes inversiones para renovación. Incluso se ha producido estos últimos años recuperación de iniciativas, con nuevas tecnologías, en principio, más eficientes y seguras. En los Estados Unidos inician ahora los trabajos para construir nuevas plantes y en Europa ocurre otro tanto, con proyectos en marcha en Finlandia (con sobrecostes y alargamiento de plazos), Francia, Eslovaquia… Alemanes y suecos, que aprobaron planes de moratoria y desnuclearización, han empezado a dar marcha atrás e Italia quiere sumarse al club de los países atómicos, cansados de importar kilowatios nucleares de Francia.

Son casi 500 las centrales nucleares instaladas y en construcción en todos los continentes, que suministran en torno al 20% de la electricidad consumida en el mundo; no es posible paralizar esa industria, como tampoco es posible poner punto final a la gestión de los residuos. Y tampoco va a ser posible convencer a los antinucleares que el riesgo es razonable, que se puede gestionar.

Este es un debate que no va acabar, que conocerá fases más o menos intensas en favor de una u otra posición, pero que no tiene tregua posible, solo cabe aspirar a la mayor transparencia, a la sobreabundancia de datos y argumentos y a conllevarlo.

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