Administraciones a la greña

El Gobierno propone ahorrar energía, algo de lo más razonable, incluso urgente; algo que viene de atrás y que ha cosechado poco éxito a lo largo de las cuatro últimas décadas. Durante la primera crisis del petróleo medio mundo, el desarrollado, se quedó a media luz un mes, y se desplegó la panoplia de medidas, más o menos eficaces, para optimizar el consumo. Medidas que pasaron por subidas de precios, limitación de velocidad, prohibición de circulación para la mitad de los automóviles según matrículas… se ensayó casi todo con resultados parciales y discutibles. Y también investigación en nuevas fuentes energéticas que ha limitado la dependencia del petróleo, aunque no de forma definitiva o determinante. El petróleo sigue siendo la materia prima esencial en los mercados globales y todos los países desarrollados dependen de suministros del exterior. El caso español era y es uno de los más acusados, uno de los de mayor dependencia.

Los objetivos del primer Pan Energético nacional, el de 1978, que trataba de abordar el problema del encarecimiento y la escasez siguen siendo igual de válidos hoy que entonces. Búsqueda de nuevos proveedores, de nuevas fuentes y, siempre, programas de ahorro energético, porque el despilfarro y el mal uso son evidentes. Lo eran entonces y siguen siéndolo ahora.

Con algo de nocturnidad y con muy poca pedagogía el Gobierno ha avanzado estos días una batería de medidas de ahorro y eficiencia con un recorte del límite máximo de velocidad en autopistas de 120 a 110 kilómetros por hora como producto estrella del plan. La medida ha cosechado un sonoro abucheo, un rechazo abrumador con argumentos, en ocasiones muy peregrinos. No es raro, cualquier cosa que proponga el Gobierno, sobre todo este Gobierno cuya credibilidad está por los suelos, tiene garantizado rechazo generalizado.

En el debate sobran argumentos.

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