Rumasa o el retorno al principio

Han pasado casi treinta años y la historia se repite. Lectores de Carlos Marx recordarán aquel diagnóstico (creo que en el 18 Brumario) de que La historia primero se produce como tragedia y luego se repite como farsa. En este caso los dos casos Rumasa tienen mucho de extravagante, de más allá de los límites. La primera Rumasa tenía los pies de barro y el cuerpo también; fue un montaje a base de crédito y simulación, de acumulación de activos (y pasivos) comprados a crédito con desprecio a la rentabilidad. Y mucho maquillaje e invocación a la virgen y mucha tolerancia de quienes debían haber parado el proceso y mucha audacia y osadía del protagonista. Ruiz Mateos dejó un pufo monumental pero mantuvo a buen recaudo mucho dinero fuera del alcance de sus acreedores, de las autoridades españolas y de la policía, intuyendo que su carrera tendría un choque frontal con la realidad. Un providencialista prevenido.

El caso puso de relieve las deficiencias del sistema. Nadie ha explicado como aquel grupo bancario y empresarial pudo burlar durante tanto tiempo y en semejante volumen a la Hacienda a la Seguridad Social, al Banco de España y también a sus acreedores y proveedores. Un grupo que se presentaba como tal pero sin poner sobre la mesa un balance consolidado con un mínimo de solvencia. Ahora vuelve a repetir lo mismo. Un grupo que nadie consideró como tal ni trató como tal más allá de la propaganda. Hasta que el montaje bancario reventó aquello se mantuvo en pie porque nunca faltó liquidez, aunque fuera de fondos ajenos, de depositantes. Y cuando cayó la abrupta intervención (la expropiación) alcanzó caracteres épicos que complicaron, enturbiaron y confundieron aún más el problema, en beneficio del propio protagonista del desastre a pesar de sus gestos y lamentos.

Y pasado un cuarto de siglo la historia se repite, el mismo procedimiento y argumento: acumular un grupo por agregación pero sin contabilidad consolidada, aparentar tamaño (la realidad tiende a quedarse en la mitad o la mitad de la mitad), deudas diseminadas, acreedores atraídos con rentabilidades excepcionales que se convertirán en víctimas desprotegidas que reclaman al Estado clemencia sin reparar en el pecado de avaricia. Es decir otro desastre, aunque esta vez más matizado, más localizado y probablemente más gestionable.

En este caso cada palo tiene que aguantar su vela, el peso de la ley debería caer sobre las irregularidades mercantiles, fiscales, societarias… y una administración adecuada tendría que intentar salvar lo salvable, porque las empresas de verdad agregadas al presunto grupo no merecen la suerte del patrón. La misma historia aunque en este caso sin llegar tan lejos. Eso sí, cuidado con los números, con los datos. El patrimonio neto es pequeño, las deudas grandes y las ventas menores de lo que dicen.

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