La que nos viene encima

Fin de año es tiempo de balances, de mirar atrás y hacer cuentas, de contrastar lo esperado y lo obtenido. Pero me parece que no merece la pena, al 2010 sólo cabe dedicarle un buen corte de manga y decirle adiós, que se ocupen los historiadores. Más sugestivo es asomarse al 2011, que pinta como el año anterior, pero más inquietante, produce la sensación de que esto no ha hecho más que empezar, aunque estamos agobiados, fatigados por la carga acumulada tras casi cuarenta meses desde que empezó a dar la cara esta crisis, en el verano del 2007.

El déficit, todos los déficit, el del estado, el de las empresas y entidades financieras y el de las familias, parecen insoportables, requieren refinanciación, es decir que los acreedores confíen en que cobrarán algún día y sigan prestando. A lo largo del 2010 se refinanciado la deuda española, un poco más cara, pero con suficiencia. Para el 2011 hay que refinanciar más deuda y es probable que pasemos por varios momentos de agobio, semejantes a los de mayo y noviembre, cuando los mercados estuvieron a punto del colapso.

Los ajustes de gastos público han sido duros, irritantes para muchos (estos días los funcionarios maldicen al recibir la nómina y ver el efecto del zapatazo de mayo), pero sólo ha empezado el baile. No digamos quienes esperaban contratos públicos que no han llegado o los que andan con facturas pendientes de cobro.

El recorte ha sido de tres puntos de PIB, pero hay que recortar otros seis durante los próximos dos años, y a cada punto adicional el limón da menos jugo, los rendimientos son decrecientes. De manera que los ajustes próximos requerirán de más autoridad, de más confianza. ¿Es posible el crecimiento del 1,3% del PIB para el 2011 por el que ha apostado el gobierno para construir los Presupuestos? ¿Qué incidencia tiene en los ingresos y en el déficit un menor crecimiento? Queda mucho año por escribir y las incertidumbres son evidentes.

El panorama financiero pinta más negro que hace un año; entonces el sistema financiero español aparentaba fortaleza y los mecanismos previstos por el Banco de España y hacienda, aprobados por mayoría abrumadora en el parlamento, para una dotación de recursos públicos hasta 100.000 millones de euros para prestar y garantizar liquidez y solvencia, parecían suficientes. Buena parte de esos recursos no se han utilizado, y eso forma parte del problema, porque la preocupación ahora es el retraso de las operaciones de saneamiento. Un buen número de cajas de ahorro andan debatiendo como despliegan ese artilugio insuficiente llamado SIP, que no es fácil de explicar en los mercados financieros, y, peor aún, andan enredando para mantener en sus despachos a los mismos que protagonizaron la crisis, los que despreciaron el riesgo y financiaron lo que no debían haber financiado. De manera que el sistema financiero parecía fuerte, pero cada mes que pasa no lo parece tanto, especialmente por la ausencia de recursos para prestar y por la necesidad de recursos para atender los vencimientos.

Y el empleo sigue en zona de mínimos, en números muy rojos. Más de dos millones de empleos perdidos en 40 meses, otras tantas nóminas desaparecidas y un gasto en desempleo que se ha llevado todos los fondos previstos y bastante más. Con el agravante de que empiezan a caducar los plazos de subsidio y crece la desesperación de quienes no encuentran trabajo y carecen de subsidio.

Pero lo peor de todo es la falta de confianza y de expectativas, la pobreza del debate político, valioso especialmente en las fases críticas. La que nos viene encima es buena y estamos muy ligeros de equipo de defensa y contraataque. El año que viene puede ser peor que el actual que ya muere, que a su vez fue peor que el anterior y los precedentes. Sólo deseo equivocarme. Felices fiestas de fin de año.