Pensiones: Este marrón se lo come Zapatero

La reforma de las pensiones es sí o sí, no hay opción. Retrasar, aplazar, dejar correr… no es posible, porque los demás países europeos, especialmente Alemania, ya han hecho el ajuste y no consienten que otros se llamen andana. El sistema español de pensiones es fuerte, un crecimiento de la economía en torno al 2,5% del PIB durante las próximas décadas permitiría sostener el sistema sin ajustes apreciables; salvo un cambio profundo en la esperanza de vida que alargara el período medio de las prestaciones más allá de los 25 años.

El sistema ha funcionado durante el último cuarto de siglo con eficacia; el número de pensionistas ha crecido sin pausa hasta 8,6 millones de beneficiarios y han mejorado las cuantías, especialmente las mínimas (aunque sean bajas) hasta alcanzar un gasto equivalente al 9% del PIB, financiado íntegramente por las aportaciones de los afiliados.

Pero el futuro no está garantizado, sobre todo si la crisis económica cercena la creación de empleo, y si se cumplen las previsiones demográficas de esperanza de vida. Las pensiones son un compromiso tácito de la sociedad actual (del Estado) con sus ciudadanos. Incumplir el compromiso pondría en cuestión el modelo global. Este es un asunto sensible, más que ningún otro.

El ajuste del modelo requiere liderazgo político y capacidad pedagógica; credibilidad para que los ciudadanos entiendan lo que está en juego. Pero no discurren los acontecimientos por ese camino; los ajustes se imponen en momentos críticos, promovidos por gobiernos débiles que se ven forzados a hacer lo que preferirían que hicieran los otros.

En Alemania fue Schöeder quien asumió el coste de la reforma y perdió las elecciones; en Francia la reforma le ha tocado a Sarkozy, que ha soportado siete huelgas generales y ha perdido mucha credibilidad (por eso y por mucho más). Y en España Zapatero y el PSOE se van a comer el marrón de la reforma con poca ayuda.

El gobierno español no ha estado nada fino con esta reforma, la asumió a trompicones, por obligación y sin convicción. No se han fajado a la hora de las explicaciones, no han podido (o sabido) elegir y van a pagar un precio político por su impericia. Ahora les atropella y desborda el 67, la edad hasta la que quieren alargar la vida laboral, que resulta irritante para cuantos se sienten afectados. Pero ese alargamiento, aunque no sea tanto como parece, es una exigencia del guión, sin eso no hay reforma percibida.

Esa edad de 67, como límite, es más irritante aun con las noticias constantes de prejubilaciones en condiciones muy favorables para algunos empleados especialmente favorecidos. Y más aun cuando se jalea el régimen especial de jubilación de altos cargos y de parlamentarios, que aunque sea poco relevante, supone un ejemplo desolador, un mal ejemplo que conspira contra las expectativas y la credibilidad de la reforma.

El gobierno podía haber encabezado la reforma, aun sin apoyo de la oposición (que no ayuda porque no le da la gana, por si desgasta), con liderazgo, con pedagogía y explicaciones. No han sabido hacerlo, se han atascado en los 67 años que es la cifra mágica que justificará protestas, irritación y tensiones sin cuento. Hubiera sido mucho más fácil abordar la reforma en los buenos tiempos, pero se requiere mucha inteligencia y serenidad para intuir esas oportunidades. El Gobierno se enfrenta ahora a un ajuste forzoso en el que se va a dejar los dientes y los votos. Este marrón se lo va a comer Zapatero. No tiene alternativa.

cerecna fgu@apmadrid.es