No confundir entre déficit o paro, medios y fines

La vicepresidenta de Economía, maltratada en el ranking del Financial Times, ha salido bien valorada del ECOFIN; sus colegas han apreciado, con énfasis y publicidad, la tensión del gobierno español para conseguir los objetivos previstos, especialmente la celeridad de la respuesta a la presión de los acreedores. El último paquete o decreto de medidas ha sido singularmente valorado, más aun si efectivamente la reforma de las pensiones se materializa en pocas semanas. Esta reforma no es urgente, pero es inevitable y cuanto antes se concrete, mejor, ya que significas despejar una incógnita que otros países ya han dejado atrás, incluida Francia que sufrió semanas atrás una oleada de huelgas y manifestaciones sin más resultado que el desgaste de todos.

A la ministra española se la notó en Bruselas cara de buena persona, mirada baja y sonrisa complacida ante las lisonjas de sus colegas, para concluir, “por supuesto que vamos a conseguir los objetivos de déficit”. Pero no se trata solo de reducir el déficit público por debajo del máximo tolerado por el sistema del euro, sino de alcanzar el crecimiento potencial de la economía española y, en concreto, reducir el paro a tasas homologables con las de los mejores países.

Confundir los fines con los medios, lo necesario, con lo suficiente, el punto final con el itinerario, puede conducir a extraviarse. Reducir el déficit no es la finalidad, el objetivo, más bien es procedimiento, condición necesaria aunque no suficiente para alcanzar el crecimiento potencial y emplear a tantos cuantos muestran voluntad de trabajar.

La obsesión por el déficit es oportuna, tiene que ver con el incendio, pero no constituye el objetivo final. Para ganar credibilidad, para sentar las bases de la confianza de los agentes económicos a los dirigentes hay que pedirles que tengan claros los objetivos y que los expliciten, que señalen el camino. No es eso lo que ha ocurrido en la política económica española y por eso la malísima calificación de la vicepresidenta en ese ranking del Financial Times, que es sospechoso, probablemente caprichoso e interesado, pero es el que hay y el que influye en las expectativas.

El tono general del gobierno ha cambiado desde el pasado mes de mayo. El portavoz Rubalcaba actúa con más seguridad y firmeza que su predecesora y el presidente con más cautela, con menos arrogancia. Pero el relato económico es débil, los objetivos no están claros, da la impresión de que en unos casos son objetivos dictados desde fuera, desde Bruselas, y en otros improvisados para salvar una situación coyuntural. No hay gobierno que actúe con firmeza, ni siquiera el alemán, ni, por supuesto el norteamericano de Obama, pero a pesar de la incertidumbre que caracteriza esta época, hay grados a la hora de trasladar confianza a la opinión. Y en eso este gobierno va mal, aunque le va la vida en ellos, es la economía la que va a decidir las elecciones, como está decidiendo el sesgo de las encuestas.

En España no puede haber otro objetivo, otro norte que el empleo, recuperar los dos millones de empleos perdidos en estos últimos treinta meses, un tercio de los cuales corresponden a jóvenes entre 16 y 25 años. Todos los demás debates son adjetivos, el surco gordo, lo importante es el empleo, poder trabajar, salir del subsidio o de la nada.

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