El PP persigue el fantasma de Zapatero

La figura de Zapatero ejerce una curiosa fascinación entre los actuales dirigentes del PP. En todas las intervenciones de los dirigentes de la oposición aparece como cláusula de estilo, como referencia de obligada inserción, el recuerdo de la ineficacia, la maldad y la responsabilidad de Zapatero ante cualquier mal que nos aflija, sea lluvia o sol.

Es probable que el presidente Rodríguez Zapatero ocupe un pie de página en los libros de historia poco feliz para sus aspiraciones, pero de eso a que sea responsable de todo lo malo que ocurre en España hay mucho trecho. Una de las ventajas (o inconvenientes) de este mundo globalizado e interrelacionado en el que nos toca vivir es que nadie es responsable de todo. Proponer que la desaparición de Zapatero significa que los problemas empiezan a recomponerse y solucionarse pertenece al mundo mágico, a la fantasía. Y no conviene vivir en ese mundo cuando se asumen responsabilidades terrenales.

Este Gobierno que encabeza con mucha autoridad interna Zapatero está en las últimas, por delante solo le queda perder con estrépito las elecciones. Todas las encuestas lo acreditan y cada mes que pasa se acentúa el descrédito. Una visión serena e inteligente de la situación recomienda procurar que la caída del Gobierno se produzca con el menor estropicio posible. Incluso alguien con talento podría aprovechar para que antes de caer el Gobierno no haga mal e incluso ponga en práctica alguna medida de las necesarias para salir del agujero.

Estos últimos días el Gobierno se ha enfrentado a algunos dilemas importantes, primero con la segunda gran ofensiva de los mercados contra los deudores y segundo con el intento de los controladores aéreos de imponer, una vez más, como ha ocurrido durante los últimos treinta años, sus condiciones.

El desempeño del Gobierno en ambos casos ha sido sorprendente, inusual por firmeza y por rapidez. El comportamiento habitual de Zapatero ante la crisis ha sido “buenísimo y prudente”, aguardar a que escampe, confiar en una negociación incierta y en su buena (?) suerte. Esta semana (¿será por la influencia de Rubalcaba?) nada de eso ha atenazado al Gobierno. Antes de que el Consejo Europeo le empujara para acelerar las reformas y ajustes aprobó un nuevo decreto en la buena dirección. Y ante el desafío astuto y oportunista de los controladores la respuesta ha sido todo lo contundente que era posible. Conjurar la catástrofe de los cielos cerrados de la tarde del viernes a la tarde del sábado y la movilización de recursos para mitigar los daños, ha sido brillante, más allá de lo que se podía esperar.

Por eso sorprende que una oposición ganadora, que solo tiene que evitar tropiezos o empeñarse en volver a perder, haya respondido con tan poco inteligencia ante una situación en la que solo podía ganar, mostrarse cooperadora y segura de sí misma. Por el contrario sigue persiguiendo el fantasma de Zapatero y clamando porque no apareció ente las cámaras. Estas dos crisis del fin de semana tocaban al Gobierno, que es decisivo ante ambas situaciones, a la oposición correspondía solo hacer ostentación de confianza y cooperación. No han aprovechado, les impone aun el fantasma de ese personaje menor que les lleva ganadas dos elecciones.

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