El caso Couso saca los colores a dos gobiernos

La muerte de José Couso en Bagdad fue un crimen de guerra. No me cabe ninguna duda, hay datos y hechos que lo acreditan. Un crimen de guerra por el que los autores no van a responder (¡o quizá sí!) porque el gobierno norteamericano, con desprecio a sus propios valores constitucionales, no está dispuesto a aceptar otra jurisdicción que la suya, que no está dispuesta a actuar. La muerte de Couso, y de otros colegas de otros países, fue un acto consciente para amedrentar a los periodistas que habían decidido permanecer en el lugar debido, en el escenario de la guerra.

Los gobiernos implicados no querían testigos, no querían repetir la experiencia de Vietnam, e intentaron por todos los medios mandar a los periodistas a casa, que se conformaran con la información de los empotrados y de los comunicados oficiales. Es el nuevo orden informativo.

El Gobierno español de la época, el de Aznar, se comportó con grosería y desprecio ante la muerte de Couso. Fue arrogante y se ganó una de las protestas más unánimes y contundentes de los periodistas en el Congreso, en este caso de los de base, de cámaras y fotógrafos. Aquel gobierno no tuvo ni compasión, ni decencia con Couso y con los periodistas en general. Como prueba evidente conviene recordar que los treinta periodistas españoles que resistieron en Bagdad, unos en el hotel Palestina y otros en hoteles cercanos, pasaron luego por problemas de todo tipo en sus empresas, irritadas por la desobediencia de sus corresponsales que hicieron honor a su trabajo y no al dictado del gobierno.

Pero si aquel gobierno se comportó muy mal en el caso Couso, el del señor Zapatero se ha comportado aún peor. Lo ha hecho con cinismo y con menos decencia aún que el de Aznar. Los papeles desvelados a través de Wikileaks desvelan un comportamiento del Gobierno, desde la vicepresidenta al ministro de Justicia, pasando por fiscal general, jueces y fiscales de segundo nivel, que debería abochornarlos.

La distancia entre los comentarios públicos y las actuaciones en los despachos es inquietante, razón de estado, moral de situación, doble moral, es decir cinismo. Estas semanas con el caso del Sahara y las relaciones con Marruecos está ocurriendo algo semejante, lo cual acredita convicciones débiles, poco fundamento, oportunismo. Son estos asuntos aparentemente menores los que acreditan el fondo, el de este Gobierno es poco fondo, muchos gestos y poca sustancia.

fgu@apmadrid.es