De ética, estética y desvergüenza

El PP valenciano se querella contra el portavoz socialista de la oposición por presuntas prevaricaciones, el juez traslada al afectado los autos y por ello se concluye que está imputado. Nada nuevo ni raro. Inmediatamente un portavoz popular requiere al querellado para que dimita. El PP valenciano tiene querellados e imputados por los jueces, como para llenar un autobús y ninguno ha dimitido. A eso se llama doble moral, doble vara de medir. En realidad tratan solo de alborotar, de manchar y disimular, con la pretensión de que la mejor defensa es un ataque.

No engañan a los ciudadanos que, simplemente, multiplican el desdén, la desconfianza y el rechazo. De paso se van debilitando los listones de la ética, de la estética y de la vergüenza. Con esta tropa cualquier cosa es posible. Los primeros responsables son los jefes de los partidos políticos, seguramente gente decente en sus comportamientos individuales, pero muy poco en la defensa de la ética y la estética en su entorno. La responsabilidad de los comportamientos es individual afecta a quien corresponde, pero la tolerancia del entorno significa un buen incentivo a lo patológico. Rinde más la extravagancia, el abuso, el insulto que el comportamiento decente, que aparece como propio de tontorrones.

El incidente de los tertulianos de lengua larga e indecorosa en Telemadrid, se inscribe en esa deriva bravucona. Pillados por un micrófono abierto en un descanso, una conversación informal en el plató, ponen de relieve un tipo de conversión poco ejemplar. Se (des)califican a sí mismo.

Lo interesante del caso es la respuesta de los jefes de la cadena; les preocupa el micrófono indiscreto. ¿Qué ha hecho Telemadrid cuando otros micrófonos indiscretos han dado a conocer conversaciones presuntamente privadas? De nuevo la doble moral, al amigo comprensión, al adversario exigencia. En resumen, ni ética, ni estética, ni vergüenza.

El partidismo, la parcialidad, el desprecio al adversario, la falta de respeto a las personas, al prójimo, se adueña del espacio público y lo corrompe hasta la náusea. La demagogia, la exageración, la extravagancia, se imponen a la decencia, a lo correcto, y luego se quejan de que los jóvenes son descreídos, perezosos, incultos… El desprecio por la ética y la estética es deprimente; más aun la falta de vergüenza. Acabo de escuchar que el señor Sostres (D. Salvador) es periodista; le atribuyen esa condición porque escribe en los diarios y habla en las tertulias. Discrepo, atribuirle ese carácter profesional cuando no tiene en cuenta ninguna de la reglas o recomendaciones del oficio, cuando no acredita trabajo profesional suficiente (escribir artículo de opinión no acredita) me parece una impostura. Una más que se une a la desvergüenza que domina muchos espacios públicos, con la complicidad culpable de quienes les dirigen, sostienen y financian.
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