Desmesuras que requieren respuesta

El ministro de Información (?) marroquí se ha lanzado contra los periodistas españoles con una desmesura para no pasarla por alto. Y el primer ministro arremete contra Rajoy, supongo para añadir amigos. Calificar a los periodistas españoles de “racistas” porque no le gusta al ministro (y a su gobierno) el contenido de los diarios españoles es tan gratuito como elocuente de falta de razón. El gobierno marroquí no puede levantar ni un dedo con el argumento de la libertad de información, algo que en su país no existe, algo que persiguen tal y como ha quedado probado en el actual conflicto del Sahara. Marruecos es socio privilegiado de la Unión Europea y, como tal, debería ser celoso de no retroceder en derechos fundamentales, su posición es más débil y delicada de lo que aparentan.

Pero la noticia no es el descaro del ministro marroquí, lo más inquietante es la pasividad del Gobierno español, que parece sentirse atenazado ante la arrogancia de los vecinos marroquíes, que se resiste a tensar los puentes, por si acaso. No puede ser más desafortunado el estreno de la ministra española de Exteriores. Lo cual sirve también para el vicepresidente primero, avezado en estas lides, que tiene hoy la oportunidad de lavar la cara del Gobierno en la entrevista concertada con su colega marroquí. Si no defiende decididamente la independencia y competencia de los periodistas españoles, será señal de que este Gobierno está para el arrastre. Y defender significa que no haya expulsiones y que se recupere una razonable circulación por el territorio marroquí.

Y en los asombros ante los excesos merece mención y primer plano el jefe de ERC que alentó bajas pasiones con comentarios desmedidos. Pretende Puigcercos que Madrid es una fiesta fiscal, que la Agencia Tributaria sestea en la capital, mientras persigue a los contribuyentes catalanes. Y remata el comentario con un “y en Andalucía no paga ni Dios”. La excusa de que son excesos verbales en un mitin solo conduce a engordar la demagogia y al desprestigio de la política y de las instituciones.

Un Estado serio debería llamar a capítulo a Puigcercos para acreditar con datos que sus comentarios tienen fundamento. Y si carece de esos datos o no están sustentados debería quedar claro que es un bocazas, un instigador de malos sentimientos, un incitador de odios y discriminaciones. El fondo del comentario tiene ese tufo autoritario de quienes asignan a los pueblos, a los territorios, comportamientos que solo corresponden a personas individuales.

No hay prueba que acredite que los residentes en Cataluña pagan más impuestos, individual y colectivamente, que los residentes en Madrid. Peor aun, los contribuyentes en Cataluña sufren mayor presión fiscal que los madrileños, por voluntad del gobierno del que forma parte el partido del señor Puigcercos. Y tampoco se puede demostrar que la eficacia recaudatoria, medida sobre renta, sea mayor en Cataluña que en Andalucía.

Puigcercos se deja llevar por la demagogia; alguien debe pedirle cuentas, al menos para que sus potenciales electores sepan a que atenerse y no se deslicen hacia la ofuscación. Lo malo es que los excesos dan buenos resultados, dan audiencia y protagonismo a quienes les cometen; y ningún castigo, salen gratis. El incentivo al exceso es evidente, mientras los justos quedan condenados a la indiferencia.
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