Gasto electoral y limpieza de la democracia

Las elecciones norteamericanas de mitad de mandato que esta noche alumbrarán un nuevo Congreso, renovarán más de un tercio del Senado (37 de cien), 37 gobernadores estatales, miles de cargos intermedios y varios centenares de iniciativas legislativas estatales (entre ellas algunas que afectan al consumo de marihuana en California y al cambio climático) van a ser las elecciones con mayor gasto en propaganda de la historia.

Entre tres mil y cinco mil millones de dólares han llegado a los candidatos de simpatizantes pero también de grupos de interés, en muchos casos poco explícitos, que tratarán de cobrar sus réditos con iniciativas legislativas o con el rechazo de otras. El monte del gasto llama la atención y conduce a estimar que Craso se adueña de la democracia norteamericana. No es como para pensar que peligra la salud de fondo de tan vieja democracia pero si como para analizar y vigilar el fenómeno y sus consecuencias y desviaciones.

La irrupción de millonarios en campaña no es una novedad, les ha habido desde hace décadas, y han ganado para si o para otros campañas electorales decisivas. Kennedy gozó de la financiación de su familia y Bloomberg conquistó la alcaldía de Nueva York, fundamentalmente por el gasto en propaganda que salió de su propio su bolsillo. Podía pagarse el capricho de la política y lo hizo. El propio Obama ganó la presidencia tras una colosal inversión publicitaria financiada por donantes individuales y empresas que deben identificarse como donantes. Recaudó 600 millones de dólares, el doble de lo alcanzado cuatro años antes por W. Bush.

El gasto de la campaña de noviembre2010 ha desbordado todos los precedentes, amparado entre otras razones por una reciente sentencia del Tribunal Supremo que legalizó las donaciones anónimas. El propio Obama criticó esta sentencia en su discurso del estado de la nación provocando el enojo notorio del presidente del Supremo (presente en el Congreso). Alguno insinuó en ese momento que el presidente podría recuperar una vieja iniciativa de Roosevelt que amenazó con ampliar el Supremo y completar una minoría progresista. La sangre no llegó al río, Obama ya ha designado dos miembros del Supremo y el equilibrio interno del tribunal se mantiene estable.

Pero el despliegue de recursos financieros de esta campaña, el origen de los mismos y sus finalidades lanzan algunas señales de alarma sobre la influencia de la financiación en la voluntad de los elegidos. El fenómeno del “tea party”, probablemente sobrevalorado por los medios a los que seduce la extravagancia tiene mucho que ver con ese despliegue de recursos para convencer.

En España se debate ahora una reforma de la ley electoral descafeinada que no va a cambiar nada importante. Aquí no hay problemas evidentes con la financiación privada de partidos y campañas, aunque huele a podrido en los rincones de varias casas, pero si se percibe que los políticos, el aparato de los partidos no quiere dejar cabos sueltos, por ejemplo pretenden reducir cada día más el margen de maniobra de los periodistas, especialmente de las televisiones, que pueden quedar confinados en las campañas a ser decoración y altavoz a su servicio.

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