Obama o la reválida permanente: ahora los inmigrantes

El presidente Obama fue el “inesperado” candidato, y el “inesperado” presidente y puede ser el “inesperado” ganador de un segundo mandato e incluso de las elecciones de mitad de mandato el próximo noviembre, cuando tiene que revalidar la mayoría en las cámaras, que no es imprescindible, aunque si conveniente para quien ocupa la presidencia. Quienes decretan cada semana su fracaso van a tener que seguir esperando para acertar.

Obama parece como que se jugara cada semana, cada tarde, la presidencia y su página en la historia. Lleva poco más de 500 días en el cargo (año y medio) y le han dado por fracasado media docena de veces, una por trimestre, a cada iniciativa que pone en marcha o a cada problema que debe afrontar.

Estuvo muerto políticamente en cuanto pareció que fracasaba su reforma sanitaria, o por la dificultad de cerrar Guantánamo, o por el alargamiento de los plazos de presencia militar en Irak o Afganistán. O con la reforma financiera, o por la perezosa recuperación de la economía o ante la imposible negociación palestino israelí, o tras vertido de la plataforma de BP y el pobre resultados de las cumbres del clima o del G20.

Cada situación es crítica para la suerte de Obama, de hecho lo es, como también que ante todos esos dilemas la respuesta de la administración Obama ha sido intensa, coherente, novedosa y razonablemente aceptada. Las propias dificultades ante cada cuestión ponen en evidencia a la administración anterior que a lo largo de sus dos mandatos creó más problemas que los resueltos durante el período.

Tras pocos meses de mandato hay reforma sanitaria en marcha, quizá insuficiente o excesiva, pero reforma; está en la recta final la reforma financiera; se está imponiendo otra política exterior más pragmática y realista que la anterior. Y ahora ha asumido que ordenar la política migratoria es prioritario y constituye una tarea no renunciable del gobierno federal.

Si la reforma sanitaria alteraba muchos supuestos y principios, la migratoria no le va a la zaga. El momento no puede ser peor para este debate, sin recuperación económica hablar de inmigración y de qué hacer con los diez millones largos de indocumentados significa abrir una incierta y complicada agenda.

Obama empezó con un discurso importante la semana pasada para centrar el valor de las migraciones en la formación del carácter de la nación norteamericana y de su fe cívica. Y sigue ahora con un recurso al Constitucional contra la reciente ley Arizona que satisface las aspiraciones de los sectores más fundamentalistas contra los inmigrantes.

El recurso significa también un desafío a los del “te” y su pretensión antiestatal. El Supremo, con mayoría conservadora y con alguno de sus miembros decididamente contrario a Obama, tendrá un papel destacado en esta operación. Pero también las cámaras, el Capitolio y los Estados de la Unión y la opinión pública que tiene en la inmigración un escenario de confrontación.

Se pueden hacer paralelismos con el caso español, el país europeo que ha recibido más inmigrantes durante la última década y donde el debate está abierto aunque ahora parece dormido. Lo que ocurra en América será importante también para España, así que atentos a lo que pasé allí.