Huelga general, pero … ¿cómo sigue?

La huelga general que los sindicatos quieren y temen convocar puede ser el 28 o el 30 de junio, más bien el miércoles 30 ya que un lunes induce tentaciones de puente. Antes, hoy mismo, cursará la huelga en la función pública, donde los sindicatos tienen cierto predicamento, con la que van a ensayar su capacidad de movilización. Los funcionarios se van a pensar la huelga, perder un día de sueldo es como remachar un clavo que está en su sitio. Pierden por el recorte impuesto y pierden por la huelga. Muchos funcionarios quieren protestar, pero no son pocos los que se resisten a que su protesta la capitalicen unos sindicatos que han pisado mucha moqueta y cuyos dirigentes no van a perder un euro el día de la huelga.

La huelga general es casi una cláusula de estilo; tras el inesperado éxito de la de diciembre de 1988, que colocó a Felipe González al borde de la dimisión (algún colaborador le contuvo y ganó el tiempo necesario para evitar el disparate de dimitir), las otras huelgas generales, anteriores y posteriores, han ido desgastando el mito.

Una huelga general tiene mucho de retórica, de gesto. Concluida la huelga si no pasa nada, si la otra parte no se mueve, el efecto se vuelve contra el convocante. Aznar pudo haber sido el primer presidente que ganaba una huelga general. No la ganó por errores de gestión, especialmente la gestión informativa, y porque finalmente se arrugó, despidió, injustamente, a su ministro de Trabajo y archivó buena parte de la reforma que sirvió de excusa a los sindicatos, que andaban en busca de alguna causa para acosar al gobierno. Si aquel gobierno, con mayoría absoluta y mucha arrogancia, hubiera aguantado el pulso y subida la puja de la reforma laboral necesaria, ahora habría menos que hacer. Pero esta es agua pasada.

La huelga general contra Zapatero significa una frustración adicional de su presidencia; pero asimilada la huelga como inevitable sería la hora de forzar la mano y consumar lo que su predecesor no fue capaz de hacer. Zapatero es frío, más duro de lo que aparente y dicen que rencoroso frente a quienes le complican la vida. Ha cuidado, mimado, a los líderes sindicales como para que ahora le creen problemas cuando más agobiado está, de manera que asumido que ya no le quieren sus amigos sindicalistas, puede animarse a llegar tan lejos como le reclaman los más reformistas.

Para los sindicalistas la situación es complicada. Montar una huelga general no es difícil, pero menos fácil es salir de la huelga sin costurones. Saben que tienen una opinión adversa, que les va a costar sacar a la gente a la calle (o que se quede en casa), que el evidente cabreo del personal no es manipulable y que cualquier exceso que se produzca en la jornada de paro será condenado, denunciado y perseguido con el consiguiente riesgo que supone la dinámica de acción-provocación-respuesta.

Las huelgas generales griegas no han tenido otra consecuencia que acentuar la crisis y debilitar el crédito del país. Aquí puede ocurrir otro tanto y empezar un camino de rupturas, desavenencias y decepciones que compliquen más aun la situación y la descomposición del sistema.

fgu@apmadrid.es