Pero ¿alguien apoya a Zapatero?

Zapatero suspende en todas las encuestas; no es algo sorprendente, casi todos los líderes políticos andan bordeando el aprobado, y algunos de los que parece que van bien, por ejemplo Berlusconi, no son nada envidiables por múltiples razones. Pero al margen de esa situación que es coherente con la crisis económica y con las dificultades para explicarla y para superarla el caso Zapatero es interesante. 

El desajuste entre lo que dice el presidente español y lo que ocurre es notable; es probablemente uno de los dirigentes con un índice más alto de errores de apreciación. El diario El Mundo ha precisado recientemente una lista de hechos (que no son opinables) que avalan ese índice de errores de juicio. Lo malo de esos errores es que restan credibilidad, que alientan un pesimismo crónico y restan oportunidades a la recuperación. 

Un dato que concreta esa impresión es la ofuscación de portavoces oficiales a cuenta del dato de paro que vamos a conocer esta misma mañana, el registro de parados que el ministro del ramo adelantó el sábado con quiebra idiota de un compromiso de neutralidad estadística. Los datos del registro de paro hay que tomarlos con precaución: que a finales de abril haya 24.000 parados menos que un mes antes dice muy poco, es un dato casi irrelevante, especialmente porque ajustadas las series por el factor de estacionalidad lo que parece menos paro, no lo es. Pero en esta historia lo llamativo es la ofuscación del mundo de Zapatero por dar la espalda a la crisis, por negar las evidencias.         

El presidente ha asumido la dirección política, económica y social de la acción del gobierno como no lo hicieron sus antecesores. Ni siquiera Aznar, que siempre ha estado obsesionado con el principio de autoridad (incluso para utilizar el dedazo a la hora de elevar a su sucesor) utilizó tanto su poder de decisión como Zapatero.

 Tanto poder induce soledad; y la soledad de Zapatero es más que evidente. Le rodea un grupo de leales que actúa como guardia pretoriana discreta e influyente, que refuerza al personaje y le aleja de la realidad. La soledad se nota en el ámbito internacional, en el que ni siquiera la complicada presidencia del  Consejo de la Unión Europea le ha dado visibilidad. Soledad en el ámbito parlamentario en el que su insuficiente mayoría le está llevando a sucesivas derrotas, ninguna decisiva por ahora, pero que advierten que la legislatura puede no llegar a término. Soledad en el debate territorial que el propio Zapatero animó, especialmente en el caso catalán, y que en estos momentos se convierte en un problema de muy difícil gestión, que despierta viejos fantasmas nacionales. Y soledad en el propio Partido Socialista donde no hay alternativa a Zapatero, donde no se discute su autoridad, pero donde crece el sentimiento de desierto, de estar en vísperas de ir a la oposición con un partido en estado de extrema debilidad. El culpable de la desgracia socialista será el líder, el solitario Zapatero que  hace tiempo se alejó de la realidad aunque dice disfrutar de mucho mejor olfato que los demás, que apuesta su futuro al fracaso de su adversario, que presenta un cuadro muy semejante. Será porque se educaron en el mismo colegio. 

Y soledad en la opinión pública, ni los medios informativos le apoyan (ningún presidente tuvo  menos ayuda mediática), ni en el ámbito de los líderes de opinión  académica, cultural… se escuchan voces de aliento o respaldo al actual presidente. Una soledad semejante a la que sufrió Suárez en la última fase como presidente, aunque por muy distintas razones.  

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