Italia

El diputado jornalero que escondía una vida de patrón

Aboubakar Soumahoro era un icono de la defensa de los derechos de los inmigrantes en Italia hasta que se ha sabido que la Fiscalía investiga si su mujer y su suegra se han quedado presuntamente con fondos públicos destinados a la ayuda a refugiados, a los que acogían en centros sin luz, agua ni comida, además de no pagarles por su trabajo. Al mismo tiempo, su familia política ha abierto un resort en Ruanda y la mujer posa con marcas de alta costura

El diputado jornalero que escondía una vida de patrón

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Aboubakar Soumahoro eligió con sumo cuidado su atuendo el pasado 13 de octubre. Se estrenaba como diputado en el Parlamento italiano y cumplía un sueño. Así que se puso el traje y la corbata requeridas para la ocasión y se calzó las botas de goma que usan los jornaleros para trabajar en el campo. Al llegar, se detuvo ante los fotógrafos y alzó el puño con el gesto de quien anhela una imagen con la que hacer historia. Le ha bastado poco menos de dos meses para lograrlo, aunque por motivos bien distintos: es ya protagonista del primer escándalo político de la Legislatura.

Una investigación ha destapado que el icono de la lucha por los derechos de los jornaleros, el diputado del partido Alianza de los Verdes y la Izquierda, el sindicalista nacido en Costa de Marfil hace 42 años, con una biografía de 20 años de inmigrante que va del campo a la universidad, el hombre que desde hace unos años se prodiga en televisión, periódicos y hasta libros para gritar contra la explotación y el maltrato de otros como él pero con mucha menos suerte… escondía en realidad una vida de patrón.

El origen del caso está ligado a su mujer y a su suegra, Liliane Murekatete  y Marie Therese Mukamitsindo, al frente de dos cooperativas dedicadas a la ayuda a refugiados, Karibu y Consorzio Aid. Estos días se ha sabido que la Guardia di Finanza (la policía especializada en delitos fiscales) investiga a ambas organizaciones desde 2019 y que ahora se encuentran bajo la lupa de la Fiscalía por un presunto delito de malversación y explotación de inmigrantes.

Ambas asociaciones participan en programas de protección de refugiados y solicitantes de asilo, en centros de menores no acompañados y en un proyecto contra la contratación ilegal de inmigrantes. La segunda es contratista, en un consorcio de empresas, del servicio de acogida en los CAS (centros extraordinarios de acogida), gestionados por la prefectura de la provincia de Latina, en el Lazio. Sobre el papel, todo ejemplar. De puertas para adentro, todo lo contrario.

Las pruebas y declaraciones difundidas por el diario ‘Repubblica’, recogidas y ampliadas por el resto de los medios italianos estos días, han revelado que los fondos públicos que percibían ambas cooperativas no llegaban a sus destinatarios (se habla de millones de euros), que no pagaban a sus trabajadores y que las condiciones laborales e higiénico sanitarias en las que obligaban a vivir a los ocupantes de sus estructuras eran más que cuestionables.

Sin sueldos, sin luz, sin agua, sin comida

Los inmigrantes que han trabajado para el Consorzio Aid han denunciado que no sólo no les pagan sus salarios, sino que además les obligaban a hacer facturas falsas por un importe inferior para reducir los costes de la Seguridad Social, que tampoco abonaban. En el mejor de los casos, les proponían cobrar en negro.

En los centros de acogida gestionados por Karibu, los refugiados, muchos de ellos menores de edad, han contado que les dejaban allí sin luz, sin agua, sin comida y sin ropa. La ex senadora de Izquierda Italiana Elena Fattori ha visitado uno de ellos y lo ha definido en el periódico ‘Domani’ como  “una estructura indecente, en la que no tendría ni siquiera a los perros”. Algunos chicos han declarado además al ‘Corriere della Sera’ que “en lugar de llevarnos a la escuela”, les mandaban “a trabajar, a vender fruta”.

La suegra de Soumahoro no ha negado casi nada. Ha asegurado que no se ha quedado con un euro y que si no pagaba los sueldos a los inmigrantes que trabajaban para sus cooperativas, que si no arreglaba los centros de acogida, que si no era todo como hubiera debido ser es porque no llegaba el dinero de los ayuntamientos y los gobiernos regionales.

Las sumas hechas por ‘Repubblica’ calculan que sus dos asociaciones han recibido de diferentes administraciones 65 millones de euros en los últimos 20 años. La región del Lazio acaba de darles 554.000 euros, que han solicitado para acoger a los refugiados ucranianos que huyen de la guerra.

Las cuentas y la realidad no cuadran con lo que cuentan la suegra y la mujer del diputado. Las versiones de las investigadas chocan con informaciones que confirman, por ejemplo, que en 2021 una de las cooperativas recibió 240.000 euros y que ese mismo año, la familia abrió un resort de lujo en Ruanda.

No ayudan tampoco a Aboubakar Soumahoro las imágenes difundidas en las redes sociales por su esposa. Oficialmente está desempleada desde julio pasado, pero posa con bolsos y vestidos de conocidas firmas de lujo en hoteles de cinco estrellas. Es más, el diario ‘Libero’ ha publicado que en el perfil de Twitter de la cooperativa Karibù “hay referencias constantes a marcas de alta costura como Missoni, Prada, Fendi, Gucci y Valentino”.

El “derecho a la moda”

El primero que la ha defendido ha sido su propio marido. El diputado ha ido a un programa de televisión Piazza Pulita, de Canal 7:

-Su mujer posa con bolsos y ropa de Louis Vuitton, ¿no cree que es un poco inoportuno teniendo en cuenta a qué se dedica usted, a defender a los más pobres?, le preguntaba el periodista.

-“Para mí no es nada embarazoso, existe un derecho a la elegancia, un derecho a la moda”, replicaba Soumahoro, “la moda no es ni blanca ni negra, es humana”.

De los sueldos impagados a los inmigrantes explotados por su suegra, esos a los que él se dedica a defender, aseguró que no tenía ni idea, que si hubiera sabido de la investigación a las cooperativas, no se habría presentado a las elecciones. “Hacen bien a reclamar sus derechos y a protestar. Yo no lo sabía”.

Y de cómo se las ha arreglado para vivir hasta que ha sido elegido diputado y para comprar un chalé en Roma con una hipoteca de 270.000 euros y un precio de venta seguramente muy superior, dada la zona, trabajando como jornalero… “He escrito un libro y la casa la he comprado con mi mujer, es todo transparente”.

Sus argumentos no convencen a los medios italianos ni a los partidos políticos. Es cierto que hasta ahora, él no es parte de la investigación de la Fiscalía, pero a raíz del escándalo de su suegra y su mujer han comenzado a salir a la luz relatos que lo ponen bajo sospecha.

Como el del párroco Andrea Pupilla, responsable de Cáritas de San Severo (Foggia), al sur del país. Allí, el político es muy conocido por su labor sindical. Allí, todos lo llaman Abou. Allí es donde se encuentra el denominado “gueto de  Torreta Antoniacci”, una especie de campo de refugiados donde viven decenas de inmigrantes en barracones. Y allí es donde este sindicalista que logró licenciarse en Sociología y adquirir la nacionalidad italiana se ha forjado la imagen del paladín de los jornaleros.

Es también allí donde se localizan las declaraciones que podrían enterrar su sueño bajo el fango. El sacerdote ha contado que a petición de Soumahoro organizó una recogida de fondos benefica de Navidad para comprar regalos a los niños de los refugiados del gueto. Después averiguó que allí no hay niños y nunca más se supo de los 16.000 euros recaudados.

50 euros por un selfie

“No sé si Soumahoro usó el gueto para hacer carrera, me limitaré a decir que no se debe usar a los pobres, sino servir a los pobres”, ha declarado Pupilla. “Él es muy mediático, es un buen comunicador, pero la situación vista desde aquí, es muy diferente a lo que cuenta él”, ha advertido el párroco, “Soumahoro no se ha metido nunca con las botas en el barro si no ha sido para hacerse un vídeo y postarlo en internet”.

Un ex compañero de lucha sindical del diputado en el mismo gueto ha corroborado al programa televisivo ‘Striscia la notizia’ el interés del diputado por su estrategia comunicativa en las redes: “Con el dinero de las donaciones a nuestra vieja asociación, Aboubakar pagaba a los jornaleros que posaban con él para sus selfies. Les daba 50 euros y les decía que no fueran a trabajar al campo, que lo esperaran para hacerse las fotos”.

“Le pedimos que abriera una cuenta corriente con las donaciones para poder gestionar las necesidades que teníamos en el gueto sin esperar a que él viniera de Roma y nos dijo que lo haría, pero nunca lo llegó a hacer”, ha añadido quien con muchos otros inmigrantes siguió a Soumahoro cuando éste decidió abandonar el sindicato USB y crear el suyo, la Lega dei Braccianti (la liga de los jornaleros).

Desde USB han aclarado en un comunicado que el diputado trabajó con ellos desde 2007 a 2020, pero que “en 2018, después de sus primeras apariciones en los medios, mostró una evidente intolerancia por someterse a la organización, subordinando las iniciativas sindicales a su propia necesidad de emerger como personaje público más que a la resolución de problemas concretos”.

Las lágrimas del diputado

La capacidad de Aboubakar Soumahoro para explotar todas las posibilidades que le dan las redes sociales es más que evidente. Le han sido de gran ayuda, pero ahora se pueden volver en su contra. Él mismo se ha arrepentido públicamente del vídeo que colgó (y que ha sido muy criticado) cuando se difundió la investigación sobre su suegra y su mujer. “Decidme, ¿qué os he hecho?, llevo toda la vida luchando por los derechos de las personas”, se arranca entre lágrimas Soumahoro. “Me queréis muerto, me queréis destruir, tenéis miedo de mis ideas. Me queréis enterrar, pero no lo conseguiréis. Yo no lucho solo por Aboubakar, lucho por todas las personas que habéis abandonado”.

La retórica de predicador es parte de su identidad pública, pero esta vez puede que no sea suficiente para salvarle. De momento, el escándalo ha forzado lo que ha definido como “una autosuspensión temporal” del grupo parlamentario. Esto es, deja la Alianza de Los Verdes y la Izquierda Italiana, pero permanece en su escaño hasta que se aclare todo (conserva así su condición de aforado).

Precisamente aclaraciones es lo que se han apresurado a exigir todos los partidos políticos. Desde Forza Italia ya han pedido una comparecencia en el Parlamento. Y enfrente, el caso ha abierto una verdadera crisis en el partido de Izquierda Italiana. Desde las propias filas exigen algunas respuestas a su líder, Nicola Fratoianni, que decidió incluir a Soumahoro en sus listas a pesar de varios escritos que recibió advirtiéndolo del lado oscuro de Soumahoro.

El mismo parroco de San Severo le escribió “para decirle que estuviera atento, que tuviera cuidado, que se iba a hacer un autogol”. No obtuvo respuesta. Tampoco Elena Fattori, la ex senadora di Sinistra italiana, que ha asegurado en una entrevista al ‘Corriere della Sera’ que Fratoianni “sabía todo porque yo le avisé después de visitar los centros de acogida en condiciones horribles de las cooperativas”.

Diez dirigentes del mismo partido han firmado una carta pidiendo a “quien ha elegido” presentar al ex sindicalista de los jornaleros que “asuma su responsabilidad política por algo que era previsible que ocurriera y ha ocurrido” y que convoque una asamblea nacional de la formación.

Fratoiani ya ha anunciado que la reunión se celebrará en diciembre, a pesar de que insiste en que no se arrepiente de haber llevado al diputado jornalero hasta el Parlamento. “No ha sido un ejercicio de talent-show para cubrir un agujero sobre un tema del que no nos hemos ocupado nunca. De estos temas nos hemos ocupado siempre en este partido”.

El 13 de octubre, a su entrada en el Parlamento, justo antes de hacerse la foto con el puño alzado y los pantalones metidos en sus botas de goma, Aboubakar Soumahoro declaró “Continuaré luchando con los pies en el barro”. No sabía entonces, que le podía llegar hasta el cuello.

Sobre el autor de esta publicación

Isabel Longhi-Bracaglia

Isabel Longhi-Bracaglia (Madrid, 1968) es periodista. Comenzó a ejercer convencida de la importancia de la información local en varios medios hace más de 30 años (Efe, Onda Cero, Telemadrid y El Mundo). En este diario, se especializó primero en temas sociales, en temas de comunicación después y en información internacional al final, antes de decidir mudarse a vivir a Italia. Desde allí, observa y cuenta en Republica.com lo que ocurre en este país, que la fascina.