El fresco La Visión de la Cruz, representación de la Escuela de Rafael de la visión de Constantino (1520-1524).

Wikipedia.El fresco La Visión de la Cruz, representación de la Escuela de Rafael de la visión de Constantino (1520-1524).El fresco La Visión de la Cruz, representación de la Escuela de Rafael de la visión de Constantino (1520-1524).

ANTIGUA ROMA

La batalla del Puente Milvio y el sueño de Constantino

El 28 de octubre del año 312 las tropas de Constantino se enfrentaron a las de Majencio a las puertas de Roma - Constantino hizo poner en el escudo de sus soldados el símbolo de la cruz, tal y como había soñado el día anterior a la batalla

Constantino, a las puertas de Roma, se fue a dormir mientras dentro de las murallas de la capital del Imperio de Occidente Majencio entretenía con pan y circo a un pueblo en rebeldía. Celebraba el emperador su llegada al poder. Constantino, en guerra civil contra Majencio, había llevado a su ejército hasta las orillas del Tíber y pretendía rendir a su enemigo. Este, advertido por los oráculos, se atrincheró en la ciudad, bien pertrechado de víveres para aguantar un asedio largo y tormentoso. El grano de África, una de las provincias bajo su control, era suficiente para alimentar a la población y no salir a batallar contra Constantino.

Quisieron los sueños y los auspicios que la Historia fuera otra. Cuenta Lactancio: "Constantino fue advertido en sueños para que grabase en los escudos el signo celeste de Dios y entablase de este modo la batalla. Pone en práctica lo que se le había ordenado y, haciendo girar la letra χ con su extremidad superior curvada en círculo, graba el nombre de Cristo con los escudos" (1).

Lábaro, símbolo que Constantino llevó en sus escudos durante la batalla del Puente Milvio.

Lábaro, símbolo que Constantino llevó en sus escudos durante la batalla del Puente Milvio.

Las tropas de Constantino exhiben un nuevo símbolo cristiano, un monograma conformado por dos letras griegas -la ji (χ) y la ro (ρ)- entrelazadas o cruzadas. Las dos primeras letras del nombre de Cristo en griego.

Eusebio de Cesarea es más poético, quizá más fantasioso, en su relato. Es cierto que Lactancio -preceptor de Crispo, hijo de Constantino- escribió su relato 20 años antes que el de Cesarea. Dejó escrito Eusebio en Vida de Constantino (2): "En las horas meridianas del sol, cuando ya el día empieza a declinar, dijo [se refiere a Constantino] que vio con sus propios ojos, en pleno cielo, superpuesto al sol, un trofeo con forma de cruz, construido a base de luz y al que estaba unido una inscripción que rezaba: vence con esto". El cronista explica que al día siguiente fue Cristo quien se apareció ante Constantino para ordenarle que pusiera el monograma en todos los escudos de los soldados.

Majencio, mientras, había permanecido en la ciudad. Los auspicios le habían recomendado que no luchara contra Constantino. Pero ante el acoso del pueblo, que en los juegos lo increpaba y decía que Constantino no podía ser vencido, decidió consultar los Libros Sibilinos, aquéllas profecías que la sibila de Cumas ofreció al mítico rey de Roma Tarquinio El Soberbio.

La profecía era contundente: un enemigo de Roma morirá. Majencio concluyó que el enemigo de Roma era Constantino, decidió encabezar sus tropas, cruzó el Tíber y se sumergió en una batalla definitiva.

Cuenta Lactancio: "Ya se había iniciado entre ellos la guerra civil. Majencio, aunque permanecía en Roma, pues había recibido una respuesta del oráculo en el sentido de que perecería si salía de las puertas de la ciudad, llevaba la guerra por medio de hábiles generales. Majencio disponía de mayor número de hombres porque había heredado de Severo el ejército de su padre y el suyo propio lo había reclutado recientemente, a base de contingentes de moros y gétulos".

Pero, ¿por qué se había llegado a este enfrentamiento? Hay que volver muchos años atrás. A la época en la que Diocleciano, tras el periodo convulso conocido como la anarquía militar, toma el poder de Roma e inicia un proceso de profundas reformas con el fin de mantener vivo el imperio.

En el año 293 Diocleciano instaura un régimen conocido como Tetrarquía. Un sistema que, de forma sencilla, consistía en que un emperador -que se diviniza y se convierte en Augusto- controla con la ayuda de un césar cada una de las dos parte en las que se ha dividido el Imperio (Occidente y Oriente). La primera Tetrarquía estuvo formada por Diocleciano -asimilado a Júpiter- y su césar Galerio (en Oriente), y Maximiano -asimilado a Hércules- y su césar Constancio Cloro (en Occidente).

La idea era que los césares se convirtieran en augustos y, a su vez, nombraran a sus segundos. Pretendía Diocleciano acabar así con uno de los graves problemas que había acuciado al Imperio: la sucesión en el poder.

Cuando Diocleciano abandona su cargo en el año 305 y pide a Maximiano que haga lo mismo, estallan las convulsiones y se desata una larga guerra civil de Roma.

El equilibrio de poder se derrumba en el año 306. Constancio Cloro -que había pasado de ser césar de Diocleciano a ser augusto- muere en Ebucarum (actual York, Reino Unido) en plena campaña contra los pictos. El ejército no duda en nombrar Augusto a su hijo Constantino.

Sin embargo, Maximiano, par de Diocleciano y fuera del poder como él, impulsa que su hijo Majencio sea erigido emperador. Y lo consigue con la ayuda del senado de Roma y la guardia pretoriana. Occidente tiene dos augustos. Y alguno debe perder.

Reconstrucción de la batalla del Puente Milvio.

La historia es más complicada, incluso. Con más actores y más enfrentamientos entre diferentes facciones del poder romano. Pero el foco está en Occidente. En Majencio. Y en Constantino.

Constantino puso a sus tropas rumbo a Roma para enfrentarse a Majencio y conquistar el poder que consideraba suyo. Antes del enfrentamiento final en la ribera del Tíber, los ejércitos enemigos se enfrentaron en Sagusio y en Augusta Taurinorum y en Brixia y en Verona y en Aquilea y en Mutina...

Y llegó el 28 de octubre del 312. El día después de los sueños de Constantino y de la lectura de los Libros Sibilinos en la corte de Majencio. Y la certeza de que el futuro del Imperio estaba en juego.

"El ejército, protegido con este emblema, toma las armas. El enemigo avanza sin la presencia de su emperador y cruza el puente. Los dos ejércitos chocan frente a frente y se lucha por ambos bandos con extrema violencia: y ni en éstos ni en aquéllos era la huida conocida", cuenta Lactancio.

"En la ciudad estalla un motín y se increpa al emperador como traidor a la salvación nacional. Al aparecer en público, pues estaba dando unos juegos en el circo en conmemoración de su aniversario, el pueblo, al punto, prorrumpió, todos a una, que Constantino no podía ser vencido. Afectado por estos gritos, abandona el circo, llama a algunos senadores y ordena que sean consultados los Libros Sibilinos. Se descubre en ellos que aquel día moriría el enemigo de los romanos".

Manuscrito ilustrado del Sueño de Constantino y la batalla del Puente Milvio en las homilías de Gregorio Nacianceno. Ca. 879-882.

Manuscrito ilustrado del Sueño de Constantino y la batalla del Puente Milvio en las homilías de Gregorio Nacianceno. (Ca. 879-882).

Fue este, quizá el mayor error de Majencio: creer, se ha dicho, que el gran enemigo de los romanos era Constantino. Por eso se encaminó, convencido de que la profecía le era favorable, hacia el campo de batalla. Cuando Majencio cruza el Puente Milvio, comienza su tragedia. "El puente se corta a sus espaldas con lo que, al verlo, se recrudece la batalla y la mano de Dios se extiende sobre las líneas de combate. El ejército de Majencio es presa del pánico; él mismo inicia la huida y corre hacia el puente, que estaba cortado, por lo que, arrastrado por la masa de los que huían, se precipita en el Tíber", relata Lactancio.

Tras la batalla, Constantino se convirtió en el emperador de Occidente y, junto al emperador de Oriente, Licinio, el año siguiente, 313, se promulgó una declaración conjunta -mal llamada Edicto de Milán- en la que se proclama "idéntica tolerancia para cristianos y no cristianos" (3).

La alianza entre Constantino y Licinio entró en crisis.  Y lo que antes eran parabienes hacia el emperador de Oriente por parte de los exégetas de Constantino, con Eusebio de Cesarea a la cabeza, se tornaron críticas.

El autor cristiano llega a acusar a Licinio de volver a la época más dura de la persecución de los cristianos, la protagonizada por Valeriano y Diocleciano.

El enfrentamiento entre los dos emperadores tiene su primer capítulo en la llamada Guerra Cibalense, en el 316. Cierto que hubo tiempos de tregua, cierto equilibrio que, sin embargo, se rompió cuando Licinio dio un giro, a partir del 320, a su política religiosa. Licinio ordenó a todos los funcionarios volver, en cierta medida, a las costumbres paganas de realizar sacrificios a los dioses. Ya en el 324, lanzó Constantino su ira contra él y primero lo derrotó en Adrianópolis (3 de julio) y, definitivamente, en Crisópolis (18 de septiembre). Licinio cedió el trono, fue desterrado a Tesalónica y, un año después, ejecutado cuando Constantino se enteró de que su otrora coemperador tramaba levantarse en armas contra él.


Bibliografía

(1) Lactancio, De mortibus persecutorum (Sobre la muerte de los perseguidores). Editorial Gredos, 1982.
(2) Eusebio de Cesarea, Vida de Constantino. Editorial Gredos, 1994.
(3) MacCulloch, Diarmaid. Historia de la Cristiandad. Editorial Debate, 2011.
_ López Barja de Quiroga, Pedro, y Lomas Salmonte, Francisco Javier. Historia de Roma. Editorial Akal, 2004.

Sobre el autor de esta publicación

Fernando Mas Paradiso

Historiador y Máster en Historia. Inició su carrera como periodista en el diario El Mundo (España) en 1989, donde ejerció como redactor, jefe de sección, redactor jefe, corresponsal en Londres y subdirector de www.elmundo.es en dos etapas. En 2014 modificó su rumbo profesional. En 2016 fundó El Independiente. Tras dos años en el proyecto se lanzó a la consultoría de medios. Nació en Montevideo (Uruguay) en 1966 y reside en España desde 1976.